Ni el calendario Zaragozano que fundara Mariano Castillo de Ocsiero y siguen publicando sus nietos, ni el de San Jorge que confecciona el arquitecto leonés Paco Alonso, ni los apuntes de los surtimientos de los viejos de las tierras de los Argüellos durante los primeros días de agosto, ni las escrutadoras miradas al cielo de los pastores de ovejas desde sus majadas, ni las páginas de internet que los más modernos muestran en el bar en la pantalla táctil de su teléfono móvil, ni el campanero del pueblo que tiene muy buen olisco para los vientos pues influyen en la propagación de los sonidos cuando toca, ni Arsenio el de Almuzara que tiene muy buena mano para las isobaras y habla constantemente del anticiclón por lo que han acabado bautizándolo como Tamósfera, ni los comentarios de los viejos del lugar que saben bien que si sale el viento del norte o el burgalés espantan la tormenta, ni los grajos que vuelan bajo, ni las ovejas que meten su cabeza debajo de la barriga de las que la rodean, ni los sabios de guardia, ni Sabina cantando aquello de ‘mucho peor fue aquel verano que no paró de nevar’...
Nadie. Nadie ha sido capaz de intuir está canícula loca que nos tiene amodorrados a la sombra mientras las tierras de sol se ahogan.
Nadie. Nadie ha sido capaz de intuir está canícula loca que nos tiene amodorrados a la sombra mientras las tierras de sol se ahogan.