Cada verano conviven en los periódicos las noticias de los actos heroicos de los perros y los comportamientos ruines de los dueños.
Siempre hay uno que ha hecho cientos de kilómetros para llegar al lugar en el que viven sus dueños, aquellos que un día abrieron el maletero, él creyó que era para que estirara las patas por los alrededores y cuando regresó de su carrera no había nadie.
Siempre hay uno que se quedó al lado de su dueño herido, lamiendo su sangre, compartiendo su dolor.
Nunca falta uno que va cada noche a llorar en la tumba de quien fue su dueño.
Siempre aparecen perros entre los escombros de los terremotos, están adiestrados en oler la vida que se está escapando entre el hormigón y allí donde él ladra aparece un niño que ha encontrado un hueco de vida, una anciana que ya se creía en otro mundo.
En cualquier pueblo, en cualquier casa, hay un perro de raza o mezcla de cien sangres callejeras, que te recibe ladrando y en cuanto le extiendes la mano se tira al suelo boca arriba para que le hagas lo que más le gusta, acariciarle la barriga o el cuello.
Detrás de muchas puertas espera un pequeño tecker a que alguien le pida que siga un rastro de sangre.
Y él lo hará.
Siempre hay uno que ha hecho cientos de kilómetros para llegar al lugar en el que viven sus dueños, aquellos que un día abrieron el maletero, él creyó que era para que estirara las patas por los alrededores y cuando regresó de su carrera no había nadie.
Siempre hay uno que se quedó al lado de su dueño herido, lamiendo su sangre, compartiendo su dolor.
Nunca falta uno que va cada noche a llorar en la tumba de quien fue su dueño.
Siempre aparecen perros entre los escombros de los terremotos, están adiestrados en oler la vida que se está escapando entre el hormigón y allí donde él ladra aparece un niño que ha encontrado un hueco de vida, una anciana que ya se creía en otro mundo.
En cualquier pueblo, en cualquier casa, hay un perro de raza o mezcla de cien sangres callejeras, que te recibe ladrando y en cuanto le extiendes la mano se tira al suelo boca arriba para que le hagas lo que más le gusta, acariciarle la barriga o el cuello.
Detrás de muchas puertas espera un pequeño tecker a que alguien le pida que siga un rastro de sangre.
Y él lo hará.