En las mismas paredes no deja de existir la posibilidad de ser visible la “cabezuela” de la “entrega” en el muro de la viguería que sostiene el piso, en manifiesta deficiencia constructiva. No lo es el buraco o albañal practicado en las partes bajas del muro, hecho con dos pequeñas llastras, que sirve de salida a la calle de las aguas sucias del establo o del corral.
Levantadas las paredes, en las construcciones más primitivas el mampuesto se dejaba visto. Posteriormente, se extendió la práctica de revocarlas exteriormente con una mezcla de arena y cal no excesivamente pura (fots. 55 y 56), que según la cantidad de la segunda, así aparecían las fachadas más o menos blanquecinas o grisáceas, llegando, incluso, a ser señalados dos niveles de fachada con tonos diferentes, aprovechando las condiciones del tono de la masa con que se revocaba.
En la arquitectura del presente siglo, el tendel del mampuesto tendría más cal, siendo claramente visible, proporcionando al muro un tono jaspeado que contrasta con los aleros y recercos de ladrillo (fot. 57). La expansión de este gusto por los revoques viene en gran medida por el artículo 8 de las Ordenanzas Municipales de 1927 del Ayuntamiento de Riello, que dice: “Los dueños de los edificios están obligados a conservar en buen estado de revoque y limpieza las fachadas de aquellos, y desembarazados para el libre tránsito por las aceras. El Ayuntamiento podrá obligar como medida de ornato público a los dueños de las casas de la plaza a blanquear las fachadas de éstas” (Ayuntamiento de Riello, 1927, 5).
La construcción originaria es la que venimos definiendo, con un aspecto realmente rústico y soluciones que en algunos casos llegaban a ser precarias, como el cierre de la parte superior de los laterales de algunas techumbres, con simples tableros (fot. 58). En otros casos, se dejan espacios abiertos, pauta evolucionada de las características cerceneras de los pajares.
La utilización de la piedra está generalizada en la comarca, pero en el valle de Valdesamario –zona de transición hacia la ribera del Orbigo–, sobre todo en el área de la cabecera del municipio, se constata a finales del siglo XIX el uso del elemento pétreo en la parte inferior de los muros, y tapial (fot. 59) o adobe (fot. 60) en la superior, como se ha podido comprobar en La Utrera 5 y Paladín. Para ello, los barreiros utilizaban la cabra, cajón de forma triangular que se portaba a hombros para subir la arcilla amasada. Frente a estos recursos materiales, se introduciría poco a poco el ladrillo macizo (fot. 61) sentado “a soga”, para luego ser definitivamente hueco, ya avanzada la presente centuria, marcando, incluso, una impronta estética.
Hechos los peñales o agujas de forma escalonada con las grindallas y con un geijo como remate del agrillandao de la casa tradicional, se inicia la construcción de la cubierta.
Levantadas las paredes, en las construcciones más primitivas el mampuesto se dejaba visto. Posteriormente, se extendió la práctica de revocarlas exteriormente con una mezcla de arena y cal no excesivamente pura (fots. 55 y 56), que según la cantidad de la segunda, así aparecían las fachadas más o menos blanquecinas o grisáceas, llegando, incluso, a ser señalados dos niveles de fachada con tonos diferentes, aprovechando las condiciones del tono de la masa con que se revocaba.
En la arquitectura del presente siglo, el tendel del mampuesto tendría más cal, siendo claramente visible, proporcionando al muro un tono jaspeado que contrasta con los aleros y recercos de ladrillo (fot. 57). La expansión de este gusto por los revoques viene en gran medida por el artículo 8 de las Ordenanzas Municipales de 1927 del Ayuntamiento de Riello, que dice: “Los dueños de los edificios están obligados a conservar en buen estado de revoque y limpieza las fachadas de aquellos, y desembarazados para el libre tránsito por las aceras. El Ayuntamiento podrá obligar como medida de ornato público a los dueños de las casas de la plaza a blanquear las fachadas de éstas” (Ayuntamiento de Riello, 1927, 5).
La construcción originaria es la que venimos definiendo, con un aspecto realmente rústico y soluciones que en algunos casos llegaban a ser precarias, como el cierre de la parte superior de los laterales de algunas techumbres, con simples tableros (fot. 58). En otros casos, se dejan espacios abiertos, pauta evolucionada de las características cerceneras de los pajares.
La utilización de la piedra está generalizada en la comarca, pero en el valle de Valdesamario –zona de transición hacia la ribera del Orbigo–, sobre todo en el área de la cabecera del municipio, se constata a finales del siglo XIX el uso del elemento pétreo en la parte inferior de los muros, y tapial (fot. 59) o adobe (fot. 60) en la superior, como se ha podido comprobar en La Utrera 5 y Paladín. Para ello, los barreiros utilizaban la cabra, cajón de forma triangular que se portaba a hombros para subir la arcilla amasada. Frente a estos recursos materiales, se introduciría poco a poco el ladrillo macizo (fot. 61) sentado “a soga”, para luego ser definitivamente hueco, ya avanzada la presente centuria, marcando, incluso, una impronta estética.
Hechos los peñales o agujas de forma escalonada con las grindallas y con un geijo como remate del agrillandao de la casa tradicional, se inicia la construcción de la cubierta.