MANZANEDA DE OMAÑA: Antes de adentrarnos más en la descripción de los movimientos...

Antes de adentrarnos más en la descripción de los movimientos que conforman el Son D’Arriba, conviene dejar claro que estamos frente a un baile “abierto”, que se formaba cada tarde de domingo, ya fuese al aire libre cuando el tiempo lo permitía, ya fuese en algún establo barrido, portal o escuela en el rigor del invierno, y cuyas dos hileras, paralelas y enfrentadas, de bailadores podían añadirse cuantos quisieran dejando siempre, eso sí una para los hombres y otra para las mujeres. Las tres mudanzas que hemos distinguido a primera vista al analizar el baile, parece interesante referirlas al baile en su faceta más antigua, la que se hacía al son del pandero cuadrado y las castañuelas; ya que en las versiones más modernas, de acordeón y gaita, casi siempre desguarnecidas del canto, resulta más difícil distinguir bien cada uno de los tiempos, al prescindir de la voz como conductora y animadora del baile. Así pues iremos aludiendo a esta forma del Son, aún cuando esporádicamente se dé alguna notación sobre las variantes modernas del baile.

Normalmente éste lo abrían tres o cuatro parejas a las que se iban sumando las demás, agregándose en los extremos de la doble hilera, y así se iba alargando la fila de bailadores hasta un número indefinido, normalmente marcado por las dimensiones de la estancia donde se celebraba el baile.

Las tocadoras –siempre mujeres y siempre en número de dos– se situaban a la cabeza de esta hilada, como presidiendo el acto; consiguiendo con ello que al menos la primera pareja oyera perfectamente los cambios y órdenes de éstas y pudieran así transmitir sus órdenes a la pareja de al lado y así de una en otra encadenadamente. Aunque conviene decir en honor a la verdad que el fuerte volumen y el altísimo tono en que cantaban las tocadoras hacía que a veces el aire llevase las melodías de la voz, el batir de los panderos y el chocar de las castañuelas de una aldea a otra, tal era la fuerza y el vigor de aquellas primitivas intérpretes, que no habían menester de enchufes, cables ni megafonía para armar el baile de su comunidad.

Con el paseo da comienzo el baile. No se trata de un paso exclusivo del Son D’Arriba, aun cuando en el caso que nos ocupa se le imprime cierta gallardía, que lo hace muy característico. Se le distingue bien porque durante su ejecución los bailadores permanecen con los brazos caídos, balanceándolos un poco y, cuando llevan castañuelas, haciéndolas sonar con golpes secos que marcan el tiempo fuerte de cada compás, o bien dejándolas mudas por completo. El paseo sirve fundamentalmente para “ordenar” el ámbito del baile y se ejecuta mientras suenan los panderos sin ningún tipo de canto. En los bailes de gaita o acordeón, se interpreta una melodía más pausada y suave que la que usan para acometer el son (a veces se usa incluso la misma melodía pero en una octava más alta, según me decía un acordeonista de Villanueva de Omaña, León).

Parece claro que la finalidad del paseo es organizar el baile y animar a cuantos se hayan en la reunión a acrecentar la fila de los bailadores; de ahí que el primer paseo sea el de más larga duración y mientras tañen las tocadoras o los músicos se echan al aire exclamaciones y gritos destinados a provocar en el público el deseo de baile. Cuando a quienes tocan les parece oportuno, ya porque la hilera ha tomado el cuerpo necesario o ya porque estiman que ha pasado un tiempo prudencial, anuncian a los bailadores que va a comenzar el son, y lo hacen por medio de cuatro golpes secos que dan en el parche del pandero con la palma de la mano diestra. Estos golpes se suelen hacer coincidir con uno de los extremos del paseo, de modo que a los que están bailando les resulte bastante fácil respingar para dar comienzo al baile del son. Este respingo es hacer un amago como para imprimir más fuerza al giro que el brazo exterior toma hacia dentro, como si fuere a buscar el cuerpo o la cara del compañero que se tieneen frente; con este engaño se consigue dar al cuerpo un aire que según la gente de aldea es la gracia del baile. La costumbre de respingar está hoy relegada a la gente de más edad y se tiene como adorno entre buenos bailadores y claro signo de destreza