Manuel Rabanal, un centenario de Andarroso nacido en los últimos años del siglo XIX, recordaba al ‘doctor Hidalgo’ con unas palabras que definen perfectamente a este médico omañés: «Ya te podía doler el alma, que llegaba don Heliodoro con su caballo y aquella barba cerrada y ‘en cuantas que lo veías en el corral’ parecía una cataplasma, empezabas a mejorar. Aquí atendió partos, enderechó piernas a base de tablillas, hizo de todo. Ojala vaya yo para donde Dios lo tenga a él».
La biografía de este recordado médico se une curiosamente con la del babiano Florencio Álvarez. Podrían ser una la continuación de la otra, pues el que fuera padre de la salud de La Cepeda inició su andadura con la gripe del 19 y el doctor Hidalgo fue una de las primera víctimas de ella.
Se encontraba ya enfermo pero siguió hasta el último día atendiendo a los enfermos de su misma enfermedad. Otro medico omañés, José Fernández Arienza, cronista casi oficial de la medicina leonesa, recoge en su ‘Crónica de la medicina en León (1900-1993)’ las palabras de su paisano para ‘justificar’ su empeño de seguir atendiendo enfermos cuando el ya debía ser paciente de sí mismo: «El buen artillero muere al pie del cañón ya que el enfermo no tiene espera».
Y al pie del cañón murió. Así lo recoge el parte de defunción expedido por otro buen amigo del fallecido y también recordado médico leonés, Olegario Llamazares del Olmo, quien escribía textualmente: «Certifico que don Heliodoro Hidalgo Robles, de cuarenta y seis años de edad, casado, médico titular de Riello (de esta provincia) falleció en dicho pueblo el día de hoy a las ocho de la mañana a consecuencia de una bronconeumonía gripal epidémica adquirida en el ejercicio de su profesión
La biografía de este recordado médico se une curiosamente con la del babiano Florencio Álvarez. Podrían ser una la continuación de la otra, pues el que fuera padre de la salud de La Cepeda inició su andadura con la gripe del 19 y el doctor Hidalgo fue una de las primera víctimas de ella.
Se encontraba ya enfermo pero siguió hasta el último día atendiendo a los enfermos de su misma enfermedad. Otro medico omañés, José Fernández Arienza, cronista casi oficial de la medicina leonesa, recoge en su ‘Crónica de la medicina en León (1900-1993)’ las palabras de su paisano para ‘justificar’ su empeño de seguir atendiendo enfermos cuando el ya debía ser paciente de sí mismo: «El buen artillero muere al pie del cañón ya que el enfermo no tiene espera».
Y al pie del cañón murió. Así lo recoge el parte de defunción expedido por otro buen amigo del fallecido y también recordado médico leonés, Olegario Llamazares del Olmo, quien escribía textualmente: «Certifico que don Heliodoro Hidalgo Robles, de cuarenta y seis años de edad, casado, médico titular de Riello (de esta provincia) falleció en dicho pueblo el día de hoy a las ocho de la mañana a consecuencia de una bronconeumonía gripal epidémica adquirida en el ejercicio de su profesión