Bajando. por La Magdalena y-las riberas del Luna, entre los desmontes de la nueva auto pista, se contempla el azulado de las aguas del retén de Tapia, que es como un aprendiz dE pantano para recreo de pescadores.
Pronto se divisa Tapia y su torre cuadrilonga, que algo dice de la familia de los Colinas la legendaria batalla de Camposagrado. Más abajo queda ya la torre de Ordás; se llega en coche a muy pocos metros de su base.
Torre cilíndrica, como un centinela en el altozano y mirándose en el espejo del Luna, quE baja caudaloso y refrescante, bien reguladas sus aguas por las presas de sus embalses.
Los grajos que anidan en los huecos interiores de la torre se espantan al entrar el turista en su base inferior. Allá arriba, se recorta el cielo en un círculo azul, porque es muy alta muy hermosa en su arquitectura militar.
Por todos estos pagos pasó Don Ares, y tomó del talle a la bella Rosana, la linda zagal ¿que guardaba sus rebaños en las amadas tierras de La Omaña.
"El caballero gentil
de su corcel descabalga
y en el amor de sus brazos
alza el cuerpo de Rosana.
Y en los ojos de la hermosa
hay nueva luz y su habla
mueve su labio en la queja
como una brisa aromada".
"Toda la beldad se cifra
hoy en tu frente, zagala,
y beso, al besar tus ojos,
todo el amor de La Omaña"...
Y la torre de Ordás se tiñe de oro con los rayos del atardecer. Y Don Ares abrazó a su tío el Adelantado Don Pedro, Merino de Asturias, y se amigaron y se confiaron.
Pero Don Pedro ha preparado la caldera hirviente de grasa, el narcótico y el puñal. Y la sangre del mozo regó la tierra, y por lo alto de las almenas se lanza un bulto sangriento envuelto en un saco. Es la rubia cabeza de Don Ares de Omaña, que allí terminó, confiado, sus años mozos en la flor de la hidalguía.
"Siguen durante su peregrinaje,
montaraz y oscuro, plañendo y llorando,
camino de Asturias, cien y cien espectros
que esto son de Omaña hoy los vecindarios.
Al frente camina
tendida en un carro
de chirriar doliente
y de andar pesado
una madre, y tiene
sobre su regazo
la noble cabeza del bravo caudillo
que fue de sus gentes justicia y regalo".
Así va cantando el gran rapsoda leonés don Florentino Agustín Díez el llanto de La Omaña en su romance pletórico de evocación, de sentimiento, de finura exquisita del hombre enamorado de sus tierras, que tan profundamente ha calado en el substractum del ser y el sentir leonés.
Y sigue relatando el éxodo de los omañeses mezclando el amor, el llanto y el despecho: "Detrás, con la frente hundida en el pecho, una pobre moza gime su pecado:
– ¡Yo tuve a Don Ares, rendido de amores,
en estos mis brazos,
y lo dejé solo cuando iba a la muerte!
¡Cómo, ay, no muero de dolor...!
Callados,
los hombres, las bestias, empujan su angustia,
el leño a los hombros, hundidos, esclavos...
¡Ya murió Don Ares, ya tiene La Omaña
abierto el calvario,
cegada la frente,
el fierro clavado!
¡Todo es de noche cruenta, sin luna, sin torva,
sin pan y sin alma...!
¡Yermo es todo y llanto!.
Y la pluma y el corazón del trovador cantó los romances y los versos y las trovas de La Omaña y el Luna, con Don Ares, con la pastora de Caldas y Doña Jimena la madre de Bernaldo, el fijo de la mi entraña.
Esta es la leyenda de Omaña, muy cerca del lugar donde el Luna y el Omaña entran en maridaje para formar el Orbigo. Esta es la leyenda de esta tierra, de La Omaña, la de los hombres indomables, que según Tito Livio no había quien los sometiera, y designó a la región del Omaña con el calificativo de "homus manium", o la tierra de los hombres dioses infernales.
Leyendas de La Humania y los humanases, como se llamaron más tarde; que participaron en la reploblación de tierras zamoranas.
Pronto se divisa Tapia y su torre cuadrilonga, que algo dice de la familia de los Colinas la legendaria batalla de Camposagrado. Más abajo queda ya la torre de Ordás; se llega en coche a muy pocos metros de su base.
Torre cilíndrica, como un centinela en el altozano y mirándose en el espejo del Luna, quE baja caudaloso y refrescante, bien reguladas sus aguas por las presas de sus embalses.
Los grajos que anidan en los huecos interiores de la torre se espantan al entrar el turista en su base inferior. Allá arriba, se recorta el cielo en un círculo azul, porque es muy alta muy hermosa en su arquitectura militar.
Por todos estos pagos pasó Don Ares, y tomó del talle a la bella Rosana, la linda zagal ¿que guardaba sus rebaños en las amadas tierras de La Omaña.
"El caballero gentil
de su corcel descabalga
y en el amor de sus brazos
alza el cuerpo de Rosana.
Y en los ojos de la hermosa
hay nueva luz y su habla
mueve su labio en la queja
como una brisa aromada".
"Toda la beldad se cifra
hoy en tu frente, zagala,
y beso, al besar tus ojos,
todo el amor de La Omaña"...
Y la torre de Ordás se tiñe de oro con los rayos del atardecer. Y Don Ares abrazó a su tío el Adelantado Don Pedro, Merino de Asturias, y se amigaron y se confiaron.
Pero Don Pedro ha preparado la caldera hirviente de grasa, el narcótico y el puñal. Y la sangre del mozo regó la tierra, y por lo alto de las almenas se lanza un bulto sangriento envuelto en un saco. Es la rubia cabeza de Don Ares de Omaña, que allí terminó, confiado, sus años mozos en la flor de la hidalguía.
"Siguen durante su peregrinaje,
montaraz y oscuro, plañendo y llorando,
camino de Asturias, cien y cien espectros
que esto son de Omaña hoy los vecindarios.
Al frente camina
tendida en un carro
de chirriar doliente
y de andar pesado
una madre, y tiene
sobre su regazo
la noble cabeza del bravo caudillo
que fue de sus gentes justicia y regalo".
Así va cantando el gran rapsoda leonés don Florentino Agustín Díez el llanto de La Omaña en su romance pletórico de evocación, de sentimiento, de finura exquisita del hombre enamorado de sus tierras, que tan profundamente ha calado en el substractum del ser y el sentir leonés.
Y sigue relatando el éxodo de los omañeses mezclando el amor, el llanto y el despecho: "Detrás, con la frente hundida en el pecho, una pobre moza gime su pecado:
– ¡Yo tuve a Don Ares, rendido de amores,
en estos mis brazos,
y lo dejé solo cuando iba a la muerte!
¡Cómo, ay, no muero de dolor...!
Callados,
los hombres, las bestias, empujan su angustia,
el leño a los hombros, hundidos, esclavos...
¡Ya murió Don Ares, ya tiene La Omaña
abierto el calvario,
cegada la frente,
el fierro clavado!
¡Todo es de noche cruenta, sin luna, sin torva,
sin pan y sin alma...!
¡Yermo es todo y llanto!.
Y la pluma y el corazón del trovador cantó los romances y los versos y las trovas de La Omaña y el Luna, con Don Ares, con la pastora de Caldas y Doña Jimena la madre de Bernaldo, el fijo de la mi entraña.
Esta es la leyenda de Omaña, muy cerca del lugar donde el Luna y el Omaña entran en maridaje para formar el Orbigo. Esta es la leyenda de esta tierra, de La Omaña, la de los hombres indomables, que según Tito Livio no había quien los sometiera, y designó a la región del Omaña con el calificativo de "homus manium", o la tierra de los hombres dioses infernales.
Leyendas de La Humania y los humanases, como se llamaron más tarde; que participaron en la reploblación de tierras zamoranas.