MANZANEDA DE OMAÑA: Solamente un guapo mozo –toda la vida en sus años–...

Solamente un guapo mozo –toda la vida en sus años– supo tener de La Omaña valles y montes guardados del lobo rapaz, su tío, el Señor Adelantado".

–Florentino– Agustín Díez, en

EL ROMANCE DE DON ARES

El castillo de Don Ares

En el horizonte de La Omaña se recorta majestuosa la silueta de un viejo castillo medieval; que ha dado denominación a la localidad de su nombre, El Castillo, de Vegarienza.

El Omaña bate sus cimientos, y aún resuenan entre sus paredones los ecos lastimeros de la sangre joven de un mozo sacrificado entre los odios y rencores.

Alfonso XI donó a su bastardo Enrique los señoríos de Ordás, Luna y Omaña, quien los trasladó a la familia de los Ponce, enemigos de los Quiñones.

Los Quiñones se apoderaron de Luna y Ordás, pero no pudieron conquistar Omaña. Don Pedro Suárez de Quiñones quiso edificar su palacio sobre la muralla de León, a lo que se opuso su sobrino el joven Don Ares quien, confiado, perdió la vida ante el engaño de su tío.

Más adelante otro Quiñones; Don Diego Fernández Quiñones, renovó la lucha y entró a saco en La Omaña, a sangre ya fuego, en contra de la oposición de los concejos. Venció el noble y esclavizó a las gentes con trabajos gratuitos, dándoles pan mohoso y vino avinagrado, multas y sanciones.

Así construyó una fortaleza que llamó Atenar, como si de la acrópolis ateniense se tratara; tal era su fortaleza inexpugnable.

Sin embargo, los concejos acudieron al rey Don Juan II de Castilla, quien extendió una carta ejecutoria a favor de los concejos, que dicen se conserva en Riello.

El castillo se reformó en el siglo XVIII, y en el XIX sirvió de cárcel de estos concejos, y gobierno judicial, y los pleitos y sentencias se daban en la ermita del Cristo Magdaleno.

A finales del siglo XIX, concretamente en 1878, se destruyó el castillo y luego sus materiales fueron empleados en el pavimento de la carretera.

Entre este castillo y la torre de Ordás hay tejido un romance que recogió el vate leonés don Florentino Agustín Díez, y que rezuma sangre por todos sus poros. Todo ello, sobre la muerte de Don Ares, que hoy se halla enterrado en la sala capitular de la basílica de San Isidoro.

Por todo este lugar, donde pasaba la calzada romana, se sigue hasta Pandorado subiendo las lomas del Pajarón para caer a Riello; que es como una joya prendida entre las esmeraldas de la pradería montañesa.