Con el crecimiento de su organismo se verá forzado a salir de la flor para buscar un hogar nuevo. Su maduración lo va transformando en un ser lento, displicente, demasiado propicio a la contemplación soñadora, demasiado quejoso de la soledad que le impone su originalidad. Hasta que el Arroyín desaparece sumido en la tierra y el gamusino tiene que emprender, como el héroe del cuento popular, la búsqueda de la princesa prometida, su amor. En su viaje contará con la ayuda de auxiliares mágicos, la fantástica apavarda, los pájaros parleros, el hada del río (la lavandera), la maga de la montaña (la vieja del arco), el hada de la cabaña del bosque (la vieja hilandera, moira del tiempo). Dos episodios quiero destacar ahora: su encuentro con la apavarda y con vieja que guarda el arco iris, propietaria, lógicamente del arcu la viella, que es como denomina el folklore leonés el arco iris. La variedad cabreiresa-maragata del leonés en que Xosepe Vega ha redactado este libro contribuye poderosamente a resaltar la magia de todos estos elementos del folklore, que suenan, por así decir, con su lenguaje propio.
El relato discurre a través de estratos temporales y pluralidad de voces narrativas La inmediatez del conteur popular que se dirige a un auditorio pendiente de sus labios. La narración autorreflexiva dirigida hacia sí mismo, filtrada por la memoria del gamusino instruido, que no ha olvidado la lección de la apavarda, imagen del sentido común.
La apavarda aparece misteriosamente a su lado cuando el gamusino atraviesa uno de sus episodios de inactivo ensueño, esta vez, a las puertas de la gran ciudad, encendida para el festival nocturno de las luces de neón. A primera vista la apavarda parece un ser excesivamente prosaico, que no pierde el tiempo en grandes reflexiones, y se aplica con tesón y sencillamente a su quehacer
El relato discurre a través de estratos temporales y pluralidad de voces narrativas La inmediatez del conteur popular que se dirige a un auditorio pendiente de sus labios. La narración autorreflexiva dirigida hacia sí mismo, filtrada por la memoria del gamusino instruido, que no ha olvidado la lección de la apavarda, imagen del sentido común.
La apavarda aparece misteriosamente a su lado cuando el gamusino atraviesa uno de sus episodios de inactivo ensueño, esta vez, a las puertas de la gran ciudad, encendida para el festival nocturno de las luces de neón. A primera vista la apavarda parece un ser excesivamente prosaico, que no pierde el tiempo en grandes reflexiones, y se aplica con tesón y sencillamente a su quehacer