La vida religiosa parece desarrollarse en condiciones de gran simplicidad. En las noches de plenilunio, en plena primavera y alrededor de una gran hoguera, se reunían nuestros antepasados aldeanos, para efectuar danzas rituales en honor de un dios innominado, probablemente la misma Luna. El nombre de la divinidad era tabú y no debía pronunciarse, por lo que apenas se nos han transmitido algunos datos aislados. Incluso se les ha considerado casi ateos. Sin duda en estos ritos nocturnos tenemos el precedente remoto de romerías y tradiciones que permanecen en las hogueras de San Juan.