San Pedro de Luna, 21 de julio de 1953.
LUNA: EL PAISAJE AGONIZANTE
Uno de los espectáculos más confortantes de la Historia española es el de la lucha del país contra el feudalismo. Si se puede decir que en España, por lo menos en Castilla, y en León, ni hubo feudalismo ni señores de horca o cuchillo, es gracias a la fiera altivez con que nuestros abuelos, los hidalgos del país, se opusieron a toda suerte de servidumbres y defendieron al pueblo y lo pusieron al amparo del poder real, que era la libertad. Perdona, lector, que me ponga tan serio, pero es que hay que ponerse serio ante ciertos gestos de nuestro amigo, el hombre.
En este bosque que se está soldando con cemento para embalsar detrás de si el río Luna, hubo un castillo que durante muchos años, casi durante siglos, arrojó su sombra –con la sombra de su hermano el castillo de Benar– sobre el más hidalgo trozo de tierra leonesa. El conde de Luna, ilustre bárbaro de la época, se había empeñado en tomar demasiado a pecho la influencia franca de que nos venimos ocupando; pero a beneficio propio, instalando en este predio leones un ensayo de feudalismo.
Sobre uno de los estribos roqueros que aguantan ahora el dique del pantano estuvo el castillo de los condes de Luna. Según la leyenda de Bernardo del Carpio, este bravo garzón era hijo de una infantica un poco ligera de cascos, hermana de Alfonso II el Casto. El conde de Saldaña (parece que ser conde en Castilla es todo lo más que se puede ser, y a veces tanto como Rey) se prendó de la infantica, y nació Bernardo; el Rey Casto se enfadó por este estropicio que contradecía tan flagrantemente su apelativo, y le mandó sacar los ojos al conde y encerrarle en el castillo de Lunta, justamente donde ahora están los «bull-dozers» americanos arrancando toneladas de piedra y tierra.
Este Bernardo, real o irreal, era un buen tipo. Ya sabes, lector, lo que el romance cuenta de el. Cosas bellísimas. Lo del puñal que para uno resultaba corto y no para él, que dijo con énfasis: «Se da un paso más hacia adelante». Y lo del moro desafiado: «Arrogante,! oh moro, estás! – Toda la arrogancia es mía. – Ya lo encontrare algún día. – En el Carpio me hallarás. –! Ay de ti si al Carpio voy! –! Ay de ti si al Carpio vas!» En el castillo de Luna, Bernardo lloró ante la desgracia de su padre, juro vengarle contra el Rey Casto, no le vengó, armó el trepe de Roncesvalles contra Roldán y desapareció de la constelación de los héroes por siempre jamás, sin dejar rastros de realidad histórica 1.
Pero queda él y queda la sombra de los condes de Luna en este pequeño trozo de montaña leonesa. Y todo ello es triste. Todo ello: hasta el paisaje y lo que en el paisaje acontece, que es lo siguiente:
Se está haciendo el pantano, un hermoso pantano que irá a enriquecer por el Luna, en aval, las aguas del Orbigo, y a regar los páramos de una región que va a ser transformada en un paraíso. Tanto, que los ribereños del Orbigo alquilan ómnibus los domingos para ver como avanzan las obras del dique que está naciendo a los pies del castillo feudal y celebran con buenas meriendas cada metro que sube. Pero cada metro que sube origina, aguas arriba, una tragedia. Varios pueblos se van hundiendo lentamente. Se ven los tejados de las casas, las espadañas de las iglesias y se ve como los frutales de las vegas emergen angustiosos y elevan sus copas, sobre la lámina quieta del agua, con las ultimas guindas, con los últimos briñones azucarados, asomando el porte de las ramas cimeras igual que un náufrago que antes de ahogarse dijera adiós con una flor.
La enorme, la implacable inundación avanza cada semana, con cada cuarta de hormigón que se añade al dique. Son varios los pueblos que están desapareciendo. Sus habitantes se van subiendo a las lomas con sus ganados y con sus ajuares y con su prole, sin decidirse a partir para el éxodo. Se agarran a sus tierras de centeno para ver como se hunden sus vegas que un día fueron el jardín frutero más azucarado de la provincia. El espectáculo es de una bíblica y trágica hermosura. El hombre, pegado a su tierra, agarrado a sus predios, a sus ruinas, a sus cementerios, gimiendo sobre su tierra anegada, clamando a Dios desde las colinas, constituye un tremendo espectáculo. Minera, Mallo, San Pedro y cuatro pueblos más se van hundiendo inexorablemente.
En San Pedro de Luna, compañero, pasamos un rato de angustia, ya te acordarás. San Pedro de Luna es casi nada, pero es hermoso: una iglesia, unas casas limpias, dignas, con un tejado de pizarras... Y la tienda. Hay que saber lo que es la tienda en estos cruces de caminos: es todo, es la civilización, el enlace con el mundo. En un país culto como este, donde no existen analfabetos, es biblioteca y museo y ágora. ¿Te acuerdas, compañero?
La chica era rubia, fuerte, rosada –una germana, franca, una occidental aria pura–. El, el chico, que no sé si la cortejaba (y si no lo hacía estaba perdiendo el tiempo), era un mozárabe, breve, moreno, de pelo negro y rizado, ágil, vivaz. En los estantes había de todo: libros (incluso libros en francés), cordamen, aparatos de radio, botillería. ¡Y un ukelele!, con sus cuerdas dormidas, esperando la canción de ronda entre los saúcos en flor, o entre esos escaramujos llenos de rosas silvestres que casi inundan estas carreteras que van a morir. Ella nos contaba que este invierno el agua se metió en la tienda, y que el año que viene ya hay que irse. No saben a donde ni a que. Ella lo que más siente es, precisamente, perder un rosal trepador, y él, en cambio, lo que más siente es perder un cliente, porque es vendedor de fertilizantes. Y aquí ya no quedara nada que fertilizar.
Todo el valle está inundado no solo de agua, sino de tristeza. En un recodo, un viejo puente deja ver solamente su lomo como de reptil antediluviano.
Hace quinientos años, estos nobles labriegos, encerrados en su valle, un valle de foramontanos puros, labradores godos regresados del destierro, vueltos a la tierra de promisión, huyendo de las brumas norteñas, defendían a fuerza de citar las Partidas y de tener unos hidalgos de pelo en pecho, los privilegios de la gente franca que no admitía mas señorío que el del Rey, que era admitir el señorío de la libertad. Y vencieron, como más adelante se dirá. Y escribieron la más bella pagina municipal de España.
Ahora se dejan vencer en una inmolación de una belleza numantina, por el bienestar de sus hermanos, y pliegan su ajuar y echan a andar no saben hacia dónde, con sus vacas rubias, con sus caballines peludos, con sus reliquias..., hacia el Sur, siempre hacia un benigno Sur, igual que cuando los abuelos, al son de la trompa astur, del vellocino vestidos, tocados con la montera que se había de convertir en casco de guerra en todas las hazañas de la reconquista, partieron en el misterioso, en el desconocido, en el geológico movimiento foramontano por el puerto de Leitariegos, por los lagos, como zafiros, de Somiedo.
El cronista, hecho a divertir, esta vez se ha entristecido. Ante el ser humano que padece con mansedumbre y altivez al mismo tiempo, uno acaba por enternecerse.
Yo creo que para evitar estas evasiones sentimentales de los cronistas (y para evitar otras cosas más importantes) sería bueno, antes de arrancar a una gens de su hábitat milenario, crear nuevo hábitat.
Por ejemplo, si la muerte del valle de Luna es para que viva el Páramo y crezca el Orbigo –jardín leonés y despensa de España y que merece todos los sacrificios imaginables–, no estaría mal incorporar a la felicidad de los ribereños estas doscientas familias de labriegos de Luna y buscarles acomodo en la tierra que su sacrificio va a redimir.
Compañero, adelante... Sigamos a lo nuestro, que es cantar. Por ahí arriba, hacia el Noroeste, el valle arcádico de Babia se abre para consolarnos.
Además, estate seguro de que esto de las expropiaciones de tierras y de paisajes se han de arreglar algún día. Estos señores de Madrid son muy buena gente.
LUNA: EL PAISAJE AGONIZANTE
Uno de los espectáculos más confortantes de la Historia española es el de la lucha del país contra el feudalismo. Si se puede decir que en España, por lo menos en Castilla, y en León, ni hubo feudalismo ni señores de horca o cuchillo, es gracias a la fiera altivez con que nuestros abuelos, los hidalgos del país, se opusieron a toda suerte de servidumbres y defendieron al pueblo y lo pusieron al amparo del poder real, que era la libertad. Perdona, lector, que me ponga tan serio, pero es que hay que ponerse serio ante ciertos gestos de nuestro amigo, el hombre.
En este bosque que se está soldando con cemento para embalsar detrás de si el río Luna, hubo un castillo que durante muchos años, casi durante siglos, arrojó su sombra –con la sombra de su hermano el castillo de Benar– sobre el más hidalgo trozo de tierra leonesa. El conde de Luna, ilustre bárbaro de la época, se había empeñado en tomar demasiado a pecho la influencia franca de que nos venimos ocupando; pero a beneficio propio, instalando en este predio leones un ensayo de feudalismo.
Sobre uno de los estribos roqueros que aguantan ahora el dique del pantano estuvo el castillo de los condes de Luna. Según la leyenda de Bernardo del Carpio, este bravo garzón era hijo de una infantica un poco ligera de cascos, hermana de Alfonso II el Casto. El conde de Saldaña (parece que ser conde en Castilla es todo lo más que se puede ser, y a veces tanto como Rey) se prendó de la infantica, y nació Bernardo; el Rey Casto se enfadó por este estropicio que contradecía tan flagrantemente su apelativo, y le mandó sacar los ojos al conde y encerrarle en el castillo de Lunta, justamente donde ahora están los «bull-dozers» americanos arrancando toneladas de piedra y tierra.
Este Bernardo, real o irreal, era un buen tipo. Ya sabes, lector, lo que el romance cuenta de el. Cosas bellísimas. Lo del puñal que para uno resultaba corto y no para él, que dijo con énfasis: «Se da un paso más hacia adelante». Y lo del moro desafiado: «Arrogante,! oh moro, estás! – Toda la arrogancia es mía. – Ya lo encontrare algún día. – En el Carpio me hallarás. –! Ay de ti si al Carpio voy! –! Ay de ti si al Carpio vas!» En el castillo de Luna, Bernardo lloró ante la desgracia de su padre, juro vengarle contra el Rey Casto, no le vengó, armó el trepe de Roncesvalles contra Roldán y desapareció de la constelación de los héroes por siempre jamás, sin dejar rastros de realidad histórica 1.
Pero queda él y queda la sombra de los condes de Luna en este pequeño trozo de montaña leonesa. Y todo ello es triste. Todo ello: hasta el paisaje y lo que en el paisaje acontece, que es lo siguiente:
Se está haciendo el pantano, un hermoso pantano que irá a enriquecer por el Luna, en aval, las aguas del Orbigo, y a regar los páramos de una región que va a ser transformada en un paraíso. Tanto, que los ribereños del Orbigo alquilan ómnibus los domingos para ver como avanzan las obras del dique que está naciendo a los pies del castillo feudal y celebran con buenas meriendas cada metro que sube. Pero cada metro que sube origina, aguas arriba, una tragedia. Varios pueblos se van hundiendo lentamente. Se ven los tejados de las casas, las espadañas de las iglesias y se ve como los frutales de las vegas emergen angustiosos y elevan sus copas, sobre la lámina quieta del agua, con las ultimas guindas, con los últimos briñones azucarados, asomando el porte de las ramas cimeras igual que un náufrago que antes de ahogarse dijera adiós con una flor.
La enorme, la implacable inundación avanza cada semana, con cada cuarta de hormigón que se añade al dique. Son varios los pueblos que están desapareciendo. Sus habitantes se van subiendo a las lomas con sus ganados y con sus ajuares y con su prole, sin decidirse a partir para el éxodo. Se agarran a sus tierras de centeno para ver como se hunden sus vegas que un día fueron el jardín frutero más azucarado de la provincia. El espectáculo es de una bíblica y trágica hermosura. El hombre, pegado a su tierra, agarrado a sus predios, a sus ruinas, a sus cementerios, gimiendo sobre su tierra anegada, clamando a Dios desde las colinas, constituye un tremendo espectáculo. Minera, Mallo, San Pedro y cuatro pueblos más se van hundiendo inexorablemente.
En San Pedro de Luna, compañero, pasamos un rato de angustia, ya te acordarás. San Pedro de Luna es casi nada, pero es hermoso: una iglesia, unas casas limpias, dignas, con un tejado de pizarras... Y la tienda. Hay que saber lo que es la tienda en estos cruces de caminos: es todo, es la civilización, el enlace con el mundo. En un país culto como este, donde no existen analfabetos, es biblioteca y museo y ágora. ¿Te acuerdas, compañero?
La chica era rubia, fuerte, rosada –una germana, franca, una occidental aria pura–. El, el chico, que no sé si la cortejaba (y si no lo hacía estaba perdiendo el tiempo), era un mozárabe, breve, moreno, de pelo negro y rizado, ágil, vivaz. En los estantes había de todo: libros (incluso libros en francés), cordamen, aparatos de radio, botillería. ¡Y un ukelele!, con sus cuerdas dormidas, esperando la canción de ronda entre los saúcos en flor, o entre esos escaramujos llenos de rosas silvestres que casi inundan estas carreteras que van a morir. Ella nos contaba que este invierno el agua se metió en la tienda, y que el año que viene ya hay que irse. No saben a donde ni a que. Ella lo que más siente es, precisamente, perder un rosal trepador, y él, en cambio, lo que más siente es perder un cliente, porque es vendedor de fertilizantes. Y aquí ya no quedara nada que fertilizar.
Todo el valle está inundado no solo de agua, sino de tristeza. En un recodo, un viejo puente deja ver solamente su lomo como de reptil antediluviano.
Hace quinientos años, estos nobles labriegos, encerrados en su valle, un valle de foramontanos puros, labradores godos regresados del destierro, vueltos a la tierra de promisión, huyendo de las brumas norteñas, defendían a fuerza de citar las Partidas y de tener unos hidalgos de pelo en pecho, los privilegios de la gente franca que no admitía mas señorío que el del Rey, que era admitir el señorío de la libertad. Y vencieron, como más adelante se dirá. Y escribieron la más bella pagina municipal de España.
Ahora se dejan vencer en una inmolación de una belleza numantina, por el bienestar de sus hermanos, y pliegan su ajuar y echan a andar no saben hacia dónde, con sus vacas rubias, con sus caballines peludos, con sus reliquias..., hacia el Sur, siempre hacia un benigno Sur, igual que cuando los abuelos, al son de la trompa astur, del vellocino vestidos, tocados con la montera que se había de convertir en casco de guerra en todas las hazañas de la reconquista, partieron en el misterioso, en el desconocido, en el geológico movimiento foramontano por el puerto de Leitariegos, por los lagos, como zafiros, de Somiedo.
El cronista, hecho a divertir, esta vez se ha entristecido. Ante el ser humano que padece con mansedumbre y altivez al mismo tiempo, uno acaba por enternecerse.
Yo creo que para evitar estas evasiones sentimentales de los cronistas (y para evitar otras cosas más importantes) sería bueno, antes de arrancar a una gens de su hábitat milenario, crear nuevo hábitat.
Por ejemplo, si la muerte del valle de Luna es para que viva el Páramo y crezca el Orbigo –jardín leonés y despensa de España y que merece todos los sacrificios imaginables–, no estaría mal incorporar a la felicidad de los ribereños estas doscientas familias de labriegos de Luna y buscarles acomodo en la tierra que su sacrificio va a redimir.
Compañero, adelante... Sigamos a lo nuestro, que es cantar. Por ahí arriba, hacia el Noroeste, el valle arcádico de Babia se abre para consolarnos.
Además, estate seguro de que esto de las expropiaciones de tierras y de paisajes se han de arreglar algún día. Estos señores de Madrid son muy buena gente.