El pan nuestro de cada día costaba un trinfo, mucho trabajo, desasosiego, muchos rezos y alguna que otra rogativa hasta ponerlo en la era.
Era por las proximidades de Santiago cuando papá iba al Castillo a por la cuadrilla de bercianos- decíamos nosotros- aunque los había de la Cepeda, de la Maragatería, de la Cabrera y gallegos de Monforte y del Barco Valdeorras. Eran "sintierra" que buscaban un jornal allí donde lo hubiera. Cuando papá volvía yo le preguntaba que cuántos y cuantos más me decía,
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No falta un detalle. Yo recuerdo los bercianos en mi
casa eran todos los años los mismos alguno cambiaba, pero se les cogia cariño. Eran alegres y sus cantos a pesar del trabajo duro alegraban el
pueblo. Lo único que no me gustaba era la hora de la
comida. Siempre me tocaba a mi llevársela. Dos marmitas rojas llenas de patatas, la carne de
oveja el tocino. Todo cuesta arriba, con el sol....
Ahora cuéntanos las MAJAS, que también tiene su
historia.
Un abrazo.