Tocaba el otoño los dedos helados del invierno y volvía don Genaro Yánez, las barbas cenizas como el musgo en la intemperie, a la cabaña de la alquería donde le daban refugio, después de haber recorrido, una vez más, los altos cerros.
-Ahora ya los ganados caballares bajan al llano-le dijo Pío Lama, ambos sentados a la lumbre-. La nieve los pone en la mano.
-Será que pierdo el juicio si sigo en este empeño, pero a mi señor le di palabra.
-Lumbre aquí no ha de faltaros, ni la cecina y la cuajada.
- ... (ver texto completo)
-Ahora ya los ganados caballares bajan al llano-le dijo Pío Lama, ambos sentados a la lumbre-. La nieve los pone en la mano.
-Será que pierdo el juicio si sigo en este empeño, pero a mi señor le di palabra.
-Lumbre aquí no ha de faltaros, ni la cecina y la cuajada.
- ... (ver texto completo)