Las caras y los hisopazos
Recuerdo los
amaneceres del Domingo de Pascua, la gran
fiesta de los católicos. Mi madre aparecía con una pequeña rama de
pino que había guardado el Domingo de Ramos y con un frasco de
agua bendita, reciente, de la misa de la
noche anterior, al lado del fuego. Mojaba el ramo, bendecía la
casa y, sobre todo, a mi hermano y a mí que despertábamos sobresaltados por el agua, poníamos caras extrañas.
Habría algo de fe, o mucho, pero había, sobre todo, mucho amor de una
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