Cada verano cuando llegábamos a Vegarienza, tras un saludo apresurado a abuelos y tíos lo realmente urgente era acercarse al río a ver si todo estaba en su sitio. Comprobar si el tacto de las piedras era el mismo de siempre, ensayar los primeros rebotes sobre el agua y verificar si la cosecha de renacuajos había sido buena. Sin duda la segunda visita era a las peñas del otro lado de la carretera, enfrente a la casa de los abuelos, entre la casa de Nela y la corte de las ovejas de Urbano. Detrás estaba ... (ver texto completo)