Corrían los primeros días de agosto. Está de nube, decían. Lo cierto es que hacía un calor de perros y en
cielo había algunas nubes, pero los rayos del sol las atravesaban y hacían justicia. Ese día, como todos los otros, le tocaba a un mozo, de unos doce años, ir con las
vacas, al estar tan caluroso: “lo mejor es que vayas
rio arriba para que estén más frescas y no mosquen”.
Casi no pararon en los alrededores del molín cimero, enseguida alcanzaron la orilla del
pozo del “Cacho” y siguieron río
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