Bajo el lienzo de una
noche de terciopelo, donde las nubes se deshilachan en hilos de bruma, emerge el sauce desahuciado, una
escultura de desolación perfilada contra un
cielo plomizo. Su majestad es la de la quietud y la ausencia. Esta imagen, la misma que me presentas, es el crisol para estas palabras:
El Sauce de la Noche Eterna
Silencioso, un ancla de ceniza y
sombra,
te yergues,
gigante vencido por la
niebla,
con tu torso desnudo, sin hoja ni nombre,
bebiendo el frío de una luna de hielo.
Antaño, tus ramas lloraban sobre el
río,
una
cascada de esmeralda y de suspiros,
acariciando la corriente con su brío,
guardando los sueños de los siglos.
Mas hoy, los vientos se llevaron tu
manto,
y el tiempo, en su marcha, te robó el encanto.
Tu madera, curtida en la intemperie y el espanto,
es la tumba de una memoria en el llanto.
La luna, testigo mudo de tu destino,
se posa en tu cima, un
faro de fino
plata, que resalta tu perfil peregrino,
hueso del
paisaje, espectro en el
camino.
Abajo, tu
reflejo, un doble fantasmal,
se quiebra en las
aguas del río fatal,
en un
espejo oscuro, profundo y abismal,
donde tu soledad es un ritual.
No hay dolor en tus ramas, ya no hay lamento,
solo escombros de vida al soplo del tiempo.
Eres la forma pura del silencio, el momento
en que la existencia se rinde al firmamento.
Descansa, viejo sauce, bajo la noche eterna,
que tu muerte sea el inicio de una calma serena.
Tu forma perenne, por siempre, será moderna,
una lección de luz en la sombra más tierna.
Que la contemplación de este sauce te inspire a encontrar belleza en la quietud y poesía en la inevitable marcha del tiempo