En primavera, el cielo se llenaba de golondrinas y vencejos que volaban raudos detrás de los mosquitos. Se nos inculcaba que las golondrinas eran sagradas y no se podían tocar los nidos que construían en los aleros ni hacerles daño. En cambio, los vencejos eran pájaros normales y tratábamos de cazarlos con el método más tonto que imaginarse pueda. Recortábamos un círculo de papel al que, a su vez, le quitábamos la zona central y lo pegábamos con saliva en una piedra redonda y plana, que lanzábamos
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A la salida de la
escuela, a casi todos nos tocaba ayudar en
casa y, además, había que hacer los deberes.
Salvo raras ocasiones, el fracaso escolar no existía. Lo que si sucedía con la mayor parte de los chavales, era que cuando tenían fuerza suficiente debían dejar la escuela y ponerse a trabajar acompañando a su padre en el
campo y con el
ganado. Se había fracasado, pero solo por el hecho de que en sus
casas había más necesidades de las que hubiera sido conveniente.
La presencia y ascendencia
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