Cuando al volver de las tierras de
labranza en los atardeceres de
verano, sentados no muy lejos del
pueblo en una loma que apenas levantaba unos metros sobre la inmensa llanura, se oía lejano, muy lejano, el acompasado silbido de los alcaravanes (o al menos así me lo parece a mí ahora, a muchos años de distancia, a uno se le encogía el alma como al entrar en una gran
catedral gótica y escuchar en un tono casi imperceptible las suaves notas del canto gregoriano. Y es que esa catedral era la
cúpula ... (ver texto completo)