Nuestra mera valoración de algo no implica necesariamente que nos ofrezca resultados de calidad de vida. Si lo que valoramos se opone a las leyes naturales que gobiernan la paz mental y la calidad de vida, nos estamos basando en ilusiones y el fin será el fracaso. En sí, no podemos constituirnos en una ley.
Vivir en armonía con la naturaleza es una parte vital de la calidad de vida. La vida es mejor cuando tratamos a los demás como desearíamos ser tratados.
Estamos absolutamente convencidos de que el mejor modo de lograr calidad de vida es escuchar a nuestra conciencia y seguir sus dictados.
La vida es un aprendizaje, tanto a partir de nuestros errores como de nuestros aciertos. En la vida el único error verdadero es aquel del que nada aprendemos.
Todo avance implica una ruptura, implica descartar algo, dejarlo atrás. Cuando nos esforzamos por dar prioridad a las cosas más importantes, tal vez sea el momento adecuado para descartar lo que nos frena y nos impide contribuir en la medida en que podríamos hacerlo.
A veces no percibimos nuestro rol en la familia como un rol de liderazgo, y sin embargo, ¡qué oportunidad nos proporciona de influir en ella! Uno de los mayores legados que podemos dejar a nuestros hijos es un sentimiento de finalidad y de responsabilidad respecto a la adhesión a los principios correctos.
El éxito siempre nace de dentro hacia fuera. Nunca podremos cambiar a los demás; deben cambiarse a sí mismos.
La humildad deriva de advertir que «ningún hombre es una isla», que ningún individuo posee todos los talentos, todas las ideas, todas las facultades para hacer funcionar el todo. Para la calidad de vida es de suma importancia la capacidad de trabajar juntos, aprender de los demás y ayudar a crecer a los demás.
Nuestra mayor alegría y nuestra pena más grande derivan de nuestras relaciones con los demás. En efecto, la calidad de vida es, por naturaleza, interdependiente. Lo cierto es que somos mejores en compañía que solos.
El camino está abierto y ya os está esperando mucho antes de vuestro nacimiento. Hay un puesto para cada uno, hay un amor para recibir y un amor para dar: el que llevas en tu interior.
La ternura no es ningún estado permanente. Nos corresponde a cada uno el descubrirla bajo la fragilidad de las apariencias, bajo la violencia de las costumbres, bajo lo impalpable del presente. Es una galaxia viajando por el cielo de los encuentros, que nos prolonga hasta las estrellas de la vida.

Jacques Salomé
La ternura es un saber dar y recibir al mismo tiempo, es saber aceptarnos en el momento presente, aprender a desarrollar nuestra capacidad para no vivir de la nostalgia, de los recuerdos o de la amargura del pasado, aprender a no perseguir el futuro idealizándolo o anticipándonos a él. Es aprender a aceptar realmente donde estamos.
El camino está abierto y ya os está esperando mucho antes de vuestro nacimiento. Hay un puesto para cada uno, hay un amor para recibir y un amor para dar: el que llevas en tu interior.
Otro aliado es no tener prisa, la ternura necesita tiempo: el mar sólo refleja la luz cuando está en calma.
La ternura es un saber dar y recibir al mismo tiempo, es saber aceptarnos en el momento presente, aprender a desarrollar nuestra capacidad para no vivir de la nostalgia, de los recuerdos o de la amargura del pasado, aprender a no perseguir el futuro idealizándolo o anticipándonos a él. Es aprender a aceptar realmente donde estamos.
Un aliado de la ternura será nuestra propia actitud para recibir. Cuando estamos dispuestos a recibir, tenemos menos necesidad de pedir o de coger. Cuanto más dispuestos estemos a recibir, más maduraremos en este arte que consiste en aceptar lo que somos y lo que la otra persona significa para nosotros.
Otro aliado es no tener prisa, la ternura necesita tiempo: el mar sólo refleja la luz cuando está en calma.
La ternura es un camino que nos conduce hacia la multiplicidad y la abundancia. La ternura nunca podrá llenar un vacío, siempre va unida a una semilla que está a punto de germinar y se hace mayor, paulatinamente hasta llegar a convertirse en artífice de un encuentro.
Un aliado de la ternura será nuestra propia actitud para recibir. Cuando estamos dispuestos a recibir, tenemos menos necesidad de pedir o de coger. Cuanto más dispuestos estemos a recibir, más maduraremos en este arte que consiste en aceptar lo que somos y lo que la otra persona significa para nosotros.
La ternura es la posibilidad de crear un espacio en el que tú y yo podamos acoger al sabio y al niño que llevamos dentro; al héroe o al príncipe que anida en nosotros y al hombre o la mujer que se ha perdido y que seguimos buscando en nosotros mismos. La ternura es lo que convierte la existencia del otro en nuestra segunda piel.
La ternura es un camino que nos conduce hacia la multiplicidad y la abundancia. La ternura nunca podrá llenar un vacío, siempre va unida a una semilla que está a punto de germinar y se hace mayor, paulatinamente hasta llegar a convertirse en artífice de un encuentro.