El colmo del aprovechamiento era la orina. Si había una vaca cerca, pues era sabido como les gustaba la sal a todos los animales de la casa, lo más adecuado era mearles en el morro y ver como se relamían de gusto. Esto lo aprendí del abuelo, que premiaba el esfuerzo de la pareja de vacas con este fluido corporal cuando era la hora de orinar. Lo malo era el susto que te llevabas cuando te rozaban con la lengua, pues era como auténtica lija.
Seguro que había más ejemplos que no recuerdo ahora, pero creo es suficiente para ilustrar el aprovechamiento que se hacía de todo. A los que creen que la leche y los huevos se obtienen de la nevera, seguramente algunos de los pasos que menciono les resultarán asquerosos. Y les doy la razón, pero todo eran alabanzas cuando mi abuela sacaba a la mesa los chorizos y lomo del último samartino.
Ahora los contenedores se usan para canalizar los muchos kilos que producimos a diario hacia el reciclaje o el vertedero. Antes, practicamente no se producía desperdicio alguno, todo se aprovechaba. Y los alimentos que se producían con aquel sistema encadenado de reciclado, todos estaban ricos. Seguro que Diógenes estaba más próximo a esta cultura en absoluto consumista y convencida de las ventajas de la reutilización, que a los hábitos de almacenar basura que los sicólogos modernos le atribuyen.
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