Cuando la tarde tendió su manto gris sobre la llanura y enmudeció el
último pajarillo, la virgen exhaló el postrer suspiro. Se adelantó el toqui y,
más pálido que la misma muerte, se arrodilló a su lado y con mano
temblorosa rasgó el núbil pecho, arrancó el corazón y, siempre con paso
vacilante, fue a depositarlo en las manos del cacique. Volvió después el
toqui a donde se encontraba la virgen y sin proferir queja alguna, se
atravesó el pecho con su lanza.
¡La muerte juntó a esas dos almas que la vida mantuvo separadas!
El más fornido de los mancebos fue encargado de llevar el corazón y la
rama de canelo a la cima del cerro Pichi Juan, que eleva su cono agudo donde
termina el llano. Toda la tribu quedó en el valle esperando la realización del
milagro. Y he aquí que, apenas el mancebo hubo colocado el corazón y la
rama de canelo en la parte más alta del Pichi Juan, apareció en el cielo un
enorme cóndor que, bajando en raudo vuelo, se engulló de un bocado el
corazón para luego agarrar la rama de canelo y emprender el vuelo hacia
el cráter del Osorno, que en esos momentos arrojaba enormes haces de
fuego. Dio el cóndor, en vuelo espiral, tres vueltas por la cumbre del volcán
y en una súbita bajada dejó caer dentro del cráter la sagrada rama.
En el mismo momento aparecieron en el cielo negras nubes y empezó
a caer sobre los volcanes una lluvia de plumillas de nieve que a los rojos
fulgores de las llamas del cráter parecía lluvia de oro.
Y llovió nieve; días, semanas y años enteros. Fue una verdadera lucha
entre el fuego que subía del infierno y la nieve que caía del cielo. La nieve
derretida corría formando impetuosos torrentes por las faldas del Osorno
y del Calbuco y corriendo se despeñaba en los inmensos barrancos que
servían de defensa a la morada del Pillán, hasta que llenando las hondonadas
profundas, las aguas quedaron al nivel de las tierras cultivadas.
último pajarillo, la virgen exhaló el postrer suspiro. Se adelantó el toqui y,
más pálido que la misma muerte, se arrodilló a su lado y con mano
temblorosa rasgó el núbil pecho, arrancó el corazón y, siempre con paso
vacilante, fue a depositarlo en las manos del cacique. Volvió después el
toqui a donde se encontraba la virgen y sin proferir queja alguna, se
atravesó el pecho con su lanza.
¡La muerte juntó a esas dos almas que la vida mantuvo separadas!
El más fornido de los mancebos fue encargado de llevar el corazón y la
rama de canelo a la cima del cerro Pichi Juan, que eleva su cono agudo donde
termina el llano. Toda la tribu quedó en el valle esperando la realización del
milagro. Y he aquí que, apenas el mancebo hubo colocado el corazón y la
rama de canelo en la parte más alta del Pichi Juan, apareció en el cielo un
enorme cóndor que, bajando en raudo vuelo, se engulló de un bocado el
corazón para luego agarrar la rama de canelo y emprender el vuelo hacia
el cráter del Osorno, que en esos momentos arrojaba enormes haces de
fuego. Dio el cóndor, en vuelo espiral, tres vueltas por la cumbre del volcán
y en una súbita bajada dejó caer dentro del cráter la sagrada rama.
En el mismo momento aparecieron en el cielo negras nubes y empezó
a caer sobre los volcanes una lluvia de plumillas de nieve que a los rojos
fulgores de las llamas del cráter parecía lluvia de oro.
Y llovió nieve; días, semanas y años enteros. Fue una verdadera lucha
entre el fuego que subía del infierno y la nieve que caía del cielo. La nieve
derretida corría formando impetuosos torrentes por las faldas del Osorno
y del Calbuco y corriendo se despeñaba en los inmensos barrancos que
servían de defensa a la morada del Pillán, hasta que llenando las hondonadas
profundas, las aguas quedaron al nivel de las tierras cultivadas.