El cacique hizo entonces averiguaciones para establecer cuál de las
vírgenes de su tribu era la más virtuosa.
Una asamblea compuesta por los indios más ancianos de la tribu, resolvió
que la más virtuosa era Licarayén, la hija menor del cacique, hermosa joven
que unía a su extraordinaria belleza un alma más blanca que los pétalos de
la quinileja. Temblando llevó el mismo cacique la noticia del próximo sacrificio
a su hija.
- No llores - le respondió ella -. Muero contenta sabiendo que mi muerte
ha de aliviar las amarguras y dolores de toda nuestra valerosa tribu. Sólo pido
un favor: que para matarme no uséis vuestras hachas ni vuestras lanzas. Quiero
que me maten con sus perfumes las flores que han sido el único encanto de mi
vida, y que sea el toqui Quiltrapique quien me prepare el lecho mortal y quien
me arranque el corazón.
Así se hizo.
Al día siguiente, cuando el sol empezaba a aparecer por encima de la
cordillera y los pajaritos a trinar su canto matinal, un gran cortejo acompañó
a Licarayén al fondo de una quebrada, donde el toqui tenía preparado un
lecho con las más perfumadas flores que había encontrado en los prados
y bosques. Llegó Licarayén y, sin queja ni protesta alguna, se tendió sobre
aquel lecho de flores que había de transportar su alma a la eternidad.
Los jóvenes indios, silenciosos y apenados, se sentaron alrededor de
aquel catafalco florido y lloraron muchos a su ídolo que moría.
El toqui, inmóvil, con los ojos llorosos clavados en la bella faz que poco
a poco iba palideciendo, parecía una estatua de la resignación.
vírgenes de su tribu era la más virtuosa.
Una asamblea compuesta por los indios más ancianos de la tribu, resolvió
que la más virtuosa era Licarayén, la hija menor del cacique, hermosa joven
que unía a su extraordinaria belleza un alma más blanca que los pétalos de
la quinileja. Temblando llevó el mismo cacique la noticia del próximo sacrificio
a su hija.
- No llores - le respondió ella -. Muero contenta sabiendo que mi muerte
ha de aliviar las amarguras y dolores de toda nuestra valerosa tribu. Sólo pido
un favor: que para matarme no uséis vuestras hachas ni vuestras lanzas. Quiero
que me maten con sus perfumes las flores que han sido el único encanto de mi
vida, y que sea el toqui Quiltrapique quien me prepare el lecho mortal y quien
me arranque el corazón.
Así se hizo.
Al día siguiente, cuando el sol empezaba a aparecer por encima de la
cordillera y los pajaritos a trinar su canto matinal, un gran cortejo acompañó
a Licarayén al fondo de una quebrada, donde el toqui tenía preparado un
lecho con las más perfumadas flores que había encontrado en los prados
y bosques. Llegó Licarayén y, sin queja ni protesta alguna, se tendió sobre
aquel lecho de flores que había de transportar su alma a la eternidad.
Los jóvenes indios, silenciosos y apenados, se sentaron alrededor de
aquel catafalco florido y lloraron muchos a su ídolo que moría.
El toqui, inmóvil, con los ojos llorosos clavados en la bella faz que poco
a poco iba palideciendo, parecía una estatua de la resignación.