Cuando era chica iba a ver el pesebre de la iglesia Santa Ana, con su vaquita echada, su pastor dando un paso detrás de las ovejas, un lago de agua celeste sobre un redondo espejo (allí metía mis manos cuando nadie miraba, esperando un milagro de ese frescor sagrado). Y el Jesús Niño con los brazos abiertos y mirándome... Sólo a mí me miraba. Eso creía. Sólo a mí, porque El y yo manteníamos un diálogo cada noche, cuando con mis hermanitas le rezábamos para: " Que el alma de mamita descanse en paz y el Niñito Jesús nos haga buenas y felices. Amén ".
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