Siempre me pregunté por qué la gente no puede mostrarse tal y como es. No comprendía cómo una persona puede llegar a pensar y actuar de una manera distinta. Todo esto un día tuvo su respuesta: yo.
No pude admitir que yo fuera así; no podía consentir que mis pensamientos fuesen contrarios a mi forma de actuar, de opinar, en fin, de hablar. ¿Cómo podía hablar con alguien y estar pensando de ella algo que nunca sería acorde con mis palabras?
No pude admitir que yo fuera así; no podía consentir que mis pensamientos fuesen contrarios a mi forma de actuar, de opinar, en fin, de hablar. ¿Cómo podía hablar con alguien y estar pensando de ella algo que nunca sería acorde con mis palabras?
Poco a poco fui dándome cuenta que yo era una persona muy distinta a la que todos creían conocer. Era muy extraño, incómodo. Para mí significó mucho más que un cambio, más que un proceso. Fue algo distinto, que a la vez que me maravillaba, me asustaba. ¿Por qué durante tanto tiempo no me había dado cuenta de esto? Puede que yo no quisiera verlo o que no estuviese preparada para hacerlo, pero la cuestión era que ahora sí me daba cuenta de lo que pasaba.
Mi reacción no fue la mejor que pude haber tenido. Me encerré en mí misma, huía de todo lo que pudiese mostrar mi cambio. De mis amigos, familia, conocidos, compañeros... de todo, no quería saber nada, ni de nadie. Quería aislarme, centrarme en mí y hacer que volviera a surgir la persona que siempre había sido. Pero el problema era que esa persona con la que yo siempre me había identificado no era yo, era otra persona, otro mundo, otra actitud. ¿Qué hacer entonces? ¿Sentirme indiferente y dejar que todo en mí cambie sin yo ni siquiera oponerme a ello? No. Tenía que buscar la causa de este cambio. Saber porqué había sucedido y si tenía solución. Seguramente no; y no porque yo no quisiera que la tuviera, sino porque la persona que ahora era, era realmente yo. Entonces, ¿cómo luchar contra mí misma? ¿Cómo buscar soluciones a algo que seguramente no tenía marcha atrás?
Mensaje
Me gusta
No