Vicente Palés Anés, Puerto Rico
Rito eterno
Baja al cáliz abierto, nítido el lloro
que vierten en la altura los serafines;
un preludio suspiran, como violines,
que se torna en andante vivo y sonoro.
Celosos de su alado, plúmeo tesoro,
tocan diana los gallos en sus clarines;
se va abriendo de oriente por los confines
como una inmensa rosa de sangre y oro.
Siente el mar en su concha desasosiego,
y en las playas murmura con sordo grito
que es apóstrofe a veces, y en otras, juego.
Mientras que, de lo eterno conforme al rito,
del sol alza en sus manos la hostia de fuego
el Sumo Sacerdote del infinito.
Rito eterno
Baja al cáliz abierto, nítido el lloro
que vierten en la altura los serafines;
un preludio suspiran, como violines,
que se torna en andante vivo y sonoro.
Celosos de su alado, plúmeo tesoro,
tocan diana los gallos en sus clarines;
se va abriendo de oriente por los confines
como una inmensa rosa de sangre y oro.
Siente el mar en su concha desasosiego,
y en las playas murmura con sordo grito
que es apóstrofe a veces, y en otras, juego.
Mientras que, de lo eterno conforme al rito,
del sol alza en sus manos la hostia de fuego
el Sumo Sacerdote del infinito.