VERTIGO
Solos los dos, bajo una vieja encina,
una tarde de un cálido verano,
mirando fijamente al horizonte
en el silencio mágico del prado.
La tarde se marchaba lentamente,
y el paisaje difuso y solitario,
dejaba entre las sombras los enigmas
ocultos tras la umbría del ocaso.
Sentimos que hasta el aire nos miraba,
y la encina tan casta sin embargo,
nos cobijó, y en su penumbra surge,
el vértigo candente del naufragio.
Miré sus ojos. Contemplé la aurora
y el paisaje de nuevo iluminado.
¡Qué radiante mañana! ¡Qué armonía!
El aire se nos hizo más humano.
Alfonso Cabello Jiménez
(Agosto de 1999)
Solos los dos, bajo una vieja encina,
una tarde de un cálido verano,
mirando fijamente al horizonte
en el silencio mágico del prado.
La tarde se marchaba lentamente,
y el paisaje difuso y solitario,
dejaba entre las sombras los enigmas
ocultos tras la umbría del ocaso.
Sentimos que hasta el aire nos miraba,
y la encina tan casta sin embargo,
nos cobijó, y en su penumbra surge,
el vértigo candente del naufragio.
Miré sus ojos. Contemplé la aurora
y el paisaje de nuevo iluminado.
¡Qué radiante mañana! ¡Qué armonía!
El aire se nos hizo más humano.
Alfonso Cabello Jiménez
(Agosto de 1999)