EL ROMANCE DEL FEO
Rafael de León
Ya se me olvidaba, amigos,
que ayer prometí contaros
los motivos y razones
de porqué soy Legionario.
Mientras leía esta carta,
los estaba recordando.
Yo era el chaval más humilde,
más bueno y más «desgraciao»
que se inscribe en los Padrones
de la Cabecera al rastro.
Y aunque mi madre era guapa,
según los que la trataron,
mi padre fue por lo visto,
de un feo tan exaltado,
que se miró en un espejo
y, al verse, palmó en el acto.
Y esta cara fue la herencia
que mis papás me dejaron:
moreno-verde-aceituna,
pelos tiesos, chiquitajo.
Nadie me llamaba Antonio,
que es así como me llamo,
sino «El Feo». Con el nombre
de «el Feo» me bautizaron.
Las comadres que llevaban
a su retoño en brazos diciendo:
«rey del mundo, tesoro,
mi cielo, mi encanto».
Yo jamás supe lo que era,
ni de limosna, un halago.
Rafael de León
Ya se me olvidaba, amigos,
que ayer prometí contaros
los motivos y razones
de porqué soy Legionario.
Mientras leía esta carta,
los estaba recordando.
Yo era el chaval más humilde,
más bueno y más «desgraciao»
que se inscribe en los Padrones
de la Cabecera al rastro.
Y aunque mi madre era guapa,
según los que la trataron,
mi padre fue por lo visto,
de un feo tan exaltado,
que se miró en un espejo
y, al verse, palmó en el acto.
Y esta cara fue la herencia
que mis papás me dejaron:
moreno-verde-aceituna,
pelos tiesos, chiquitajo.
Nadie me llamaba Antonio,
que es así como me llamo,
sino «El Feo». Con el nombre
de «el Feo» me bautizaron.
Las comadres que llevaban
a su retoño en brazos diciendo:
«rey del mundo, tesoro,
mi cielo, mi encanto».
Yo jamás supe lo que era,
ni de limosna, un halago.