Eran las tardes demoradas, lentas,
y dejaban sus párpados caer
en somnoliento anuncio del verano.
Al fondo el mar, la mar, el mar, la mar
y su arco iris tan violento y dulce.
También el viento mueve a los olivos
en la campiña, y son sus ramas olas.
Y esa ciudad muy ancha y campesina
—ola de olivos su blancor eterno—
dejó sello y herida en nuestros ojos.
Cuánta belleza y cuánta soledad
casi fábula ya. Mas tú, Francisco
—gota de acíbar en suave néctar—,
nos devuelves Las tardes, nuestras fuentes
y dejaban sus párpados caer
en somnoliento anuncio del verano.
Al fondo el mar, la mar, el mar, la mar
y su arco iris tan violento y dulce.
También el viento mueve a los olivos
en la campiña, y son sus ramas olas.
Y esa ciudad muy ancha y campesina
—ola de olivos su blancor eterno—
dejó sello y herida en nuestros ojos.
Cuánta belleza y cuánta soledad
casi fábula ya. Mas tú, Francisco
—gota de acíbar en suave néctar—,
nos devuelves Las tardes, nuestras fuentes