LA NUEZ DE ARRIBA: Memoria de la madre...

Memoria de la madre

Mi madre estaba al borde del hule cada vez más sentada.
El brasero era una ceniza en sueños. Dios hacía
esfuerzos sobrenaturales por salir de un montón
de lentejas.
Ella rezaba, desdentada y muda,
como si el agua fuese a faltar al mediodía.

Mi madre estaba al borde de los hijos cada vez más lejana.
El plato, a veces, no hacía falta. Ni la lámpara encendida.
Cada uno se vestía al tacto como envolviéndose una herida
y salíamos a la calle resecos como cáñamos analfabetos.
Ella, de negro único vestida,
rezaba
para que el techo nos acompañase.

Mi madre estaba al borde de la vida cada vez más callada.
Siempre había campanas al fondo de los cristales abiertos.
Un aire de liturgia casera nos hacía más altos
como nacidos de badajos o incensarios rústicos.
Casi latín, el ruido del pan mordido. Acción de gracias,
el estado solemne de pobreza.
Ella, su acústica en desgana,
rezaba
para que Dios no retirase Su protectora mano.

Mi madre puso un día su silencio en el cielo.
Fue una mañana bronquial bajo la lámpara encendida.
Todos entrábamos a verla y queríamos alcanzarla.
Pero ella, ya rezada, se envolvió con sus santas oraciones
como una campanilla que sonara a seda
y pusiera en el aire un perfume de telas recién lavadas.

Sobre el hule enlutado de la mesa, las lentejas
dejaron marcas de humedad herrada,
huellas
blancas de un santoral sin oro en la memoria.