EL PAPAMOSCAS DE BURGOS (A Victoria ha de traerle recuerdos de su tierra)
EL PAPAMOSCAS DE BURGOS
El reloj que lo contenía y que sigue sobre una de las puertas de la catedral dejó de cumplir su papel hace mucho tiempo, pero la figura del Papamoscas abriendo desmesuradamente la boca cuando suenan las horas sigue presente en el recinto del templo, pero sin que se escuche el grito estridente que lanzaba al mismo tiempo, provocando la burla, dicen que irreverente, de quienes acudían a contemplarlo. Nadie sabe cómo vino a parar allí aquella figura chusca, seguramente procedente de algún taller de relojeros venecianos, pero los burgaleses se las ingeniaron para crearle una historia que forma parte desde hace mucho de la imaginación popular castellana.
EL PAPAMOSCAS DE BURGOS
El reloj que lo contenía y que sigue sobre una de las puertas de la catedral dejó de cumplir su papel hace mucho tiempo, pero la figura del Papamoscas abriendo desmesuradamente la boca cuando suenan las horas sigue presente en el recinto del templo, pero sin que se escuche el grito estridente que lanzaba al mismo tiempo, provocando la burla, dicen que irreverente, de quienes acudían a contemplarlo. Nadie sabe cómo vino a parar allí aquella figura chusca, seguramente procedente de algún taller de relojeros venecianos, pero los burgaleses se las ingeniaron para crearle una historia que forma parte desde hace mucho de la imaginación popular castellana.
Se dice que fue obra encargada por el rey Enrique III el Doliente, que tenía por costumbre acudir a rezar devotamente todos los días a la seo burgalesa. Un día, sin embargo, sus devociones se vieron distraídas por la presencia de una hermosa muchacha que entró silenciosamente en el templo y se puso a rezar ante la tumba de Fernán González. El rey la siguió al salir hasta verla entrar en su casa y, a lo largo de muchos días, la misma escena se repitió sin variaciones, porque el monarca se sentía demasiado tímido para intentar siquiera entrar en conversación con la joven.
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