¿Sabías por qué exclamamos ¡A SANTO DE QUÉ! para expresar disgusto o disconformidad con alguna decisión ajena?
Antaño existía la creencia de que cada acto de la vida cotidiana podía encargarse o encomendarse a un santo, ofreciéndole devoción o algún sacrificio.
Así, San Cucufato podía ayudar a encontrar objetos perdidos, Santa Lucía a curar el mal de ojo, San Isnardo era invocado para adelgazar, San Blas para mitigar los dolores de garganta, Santa Bárbara para procurar resguardo del peligro de la tormenta, San Antonio podía ayudar a las jóvenes a encontrar novio…
Por ello, cuando una persona realizaba una acción caprichosa o arbitraria, se preguntaba por el santo en favor del cual se tomaba tan peculiar decisión. ¿A qué santo ofreces este acto? ¿A santo de qué haces esto?
Antaño existía la creencia de que cada acto de la vida cotidiana podía encargarse o encomendarse a un santo, ofreciéndole devoción o algún sacrificio.
Así, San Cucufato podía ayudar a encontrar objetos perdidos, Santa Lucía a curar el mal de ojo, San Isnardo era invocado para adelgazar, San Blas para mitigar los dolores de garganta, Santa Bárbara para procurar resguardo del peligro de la tormenta, San Antonio podía ayudar a las jóvenes a encontrar novio…
Por ello, cuando una persona realizaba una acción caprichosa o arbitraria, se preguntaba por el santo en favor del cual se tomaba tan peculiar decisión. ¿A qué santo ofreces este acto? ¿A santo de qué haces esto?