Como todos los días, aquel 3 de octubre Unquillo iniciaba otro amanecer en perfecta paz: A lo lejos la aurora matinal empezaba a vestir sus serranías de hermosos jazmines que,
afanosos, se esmeraban en esparcir al aire sus olorosas fragancias; más cerca -por todos lados en realidad- decenas de coloridas avecillas canoras contaban - ¿con tristeza?,
¿con alegría?- de sus amores y desamores; y, más allá, un tímido arroyuelo bullía discreto mientras perdía su delgado paso entre malezas y flores. Lo dicho: para todos, el nuevo
día se desarrollaba en perfecta paz, esa paz que ella había escogido para vivir en Unquillo después de haberse jubilado. Sin embargo aquel, no era un día más
afanosos, se esmeraban en esparcir al aire sus olorosas fragancias; más cerca -por todos lados en realidad- decenas de coloridas avecillas canoras contaban - ¿con tristeza?,
¿con alegría?- de sus amores y desamores; y, más allá, un tímido arroyuelo bullía discreto mientras perdía su delgado paso entre malezas y flores. Lo dicho: para todos, el nuevo
día se desarrollaba en perfecta paz, esa paz que ella había escogido para vivir en Unquillo después de haberse jubilado. Sin embargo aquel, no era un día más