Y del yermo sin fin de su espíritu
ya vuelto a la vida, rompiéndose el hielo,
sintió al cabo brotar en el alma
la
flor de la dicha, que engendra el deseo.
Dios no quiso que entrase infecunda
en la fértil región de los
cielos;
piedad tuvo del ánimo triste
que el germen guardaba de goces eternos.