¡Oh, no te maravilles de mi tristeza!
Y no me preguntes.
Yo no sabría decirte sino palabras tan vanas,
Dios mío, tan vanas
que me vendrían ganas de llorar como si fuese a morir.
Mis lágrimas parecerían
como un rosario de tristeza que se desgrana
ante mi alma siete veces doliente,
pero yo no seré un poeta.
Seré, simplemente, un niño dulce y pensativo
... (ver texto completo)