Ahora al personaje literario
—el mismo que os habló desde mi verso—
yo lo deshago, digo, y lo disperso
como al humo dispersa el incensario.
Fue siempre un paseante solitario
que, haciendo de su ombligo el universo,
dio en ver del mundo sólo el lado adverso.
Un sujeto tristón. Un perdulario.
Quien lo inventó no quiere ni hablar de él,
pues cada día se le acerca más
con su paso apagado y quejumbroso.
Oírle me resulta ya enfadoso.
Para penas las mías; y además
me da un poco de grima el tipo aquél
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