Se dice que fue obra encargada por el rey Enrique III el Doliente, que tenía por costumbre acudir a rezar devotamente todos los días a la seo burgalesa. Un día, sin embargo, sus devociones se vieron distraídas por la presencia de una hermosa muchacha que entró silenciosamente en el templo y se puso a rezar ante la tumba de Fernán González. El rey la siguió al salir hasta verla entrar en su casa y, a lo largo de muchos días, la misma escena se repitió sin variaciones, porque el monarca se sentía demasiado
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Hasta que un día, sin que hubiera mediado palabra durante mese enteros, la desconocida beldad dejó caer un pañuelo al paso del rey. Éste lo recogió devotamente y, acercándose a ella, le entregó el suyo en silencio, sin que mediaran palabra en ese encuentro, sino una dulce sonrisa apenas esbozada. Sólo, después de desaparecer más allá de la
puerta, oyó el rey un doloroso lamento que se le clavó en la memoria sin poder ya desterrarlo. Lo cierto fue que, a partir de entonces, la muchacha nunca volvió
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