rendido bajo el peso del destino
esquivando el combate, siempre rudo,
heme puesto a la vera del
camino,
resuelto a descansar sobre mi
escudo.
Quizá mañana, con afán contrario,
ajustándome el casco y la loriga,
de nuevo iré tras el combate diario,
exclamando: ¡Quién me ame, que me siga!