LA NUEZ DE ARRIBA (Burgos)

yo misma
Foto enviada por Victoria Serna,

Comíamos tocino como si fuéramos cristianos viejos del Siglo de Oro. Hasta que la clase médica nos amenazó con el terrible espectro del colesterol y mandó el tocino al Índice de alimentos prohibidos, en el que estaban cosas como el pescado azul y el aceite de oliva... sin tener en cuenta la ingesta diaria de huevos con bacon de los anglosajones, que al parecer eran inmunes al colesterol malo. Así que hubo que dejar el tocino.
Nuestros abuelos sí que comían tocino. Una de las mías, de origen abulense, se descolgaba a veces preparando en casa unas patatas revolconas con torreznos que quitaban el hipo y me encantaban. Y el llamado "picadillo", en uno de sus libros de principios del siglo pasado, describe la tortilla de torreznos que se hacía preparar cuando debía ir a alguna de las romerías que proliferan en el verano galaico. Vean cómo era:
Por aquel entonces, una niña que pasados los años sería mi mujer solía ir a pasar unos días, al final del verano, a un pueblo del bellísimo valle del Sil. Allí, sus tías le daban para merendar una hermosa rebanada de pan gallego calentada en la cocina bilbaína, en la que se hacía la misma operación con unas lonchas, cortadas a cuchillo, de tocino entreverado, que se colocaban sobre el pan. Las mejillas de aquella niña, tras semejante merienda, se ponían coloradas, y sus tías le decían: " ¡ahora es ... (ver texto completo)
Comíamos tocino como si fuéramos cristianos viejos del Siglo de Oro. Hasta que la clase médica nos amenazó con el terrible espectro del colesterol y mandó el tocino al Índice de alimentos prohibidos, en el que estaban cosas como el pescado azul y el aceite de oliva... sin tener en cuenta la ingesta diaria de huevos con bacon de los anglosajones, que al parecer eran inmunes al colesterol malo. Así que hubo que dejar el tocino.
Uno de los placeres gastronómicos que recuerdo de mi niñez es el que me proporcionaba poner punto final a un cocido saboreando un trozo de pan con el que había aplastado otro de tocino: gloria bendita, que alcanzaba proporciones colosales si, por casualidad, al binomio pan-tocino se unía un poco de tuétano del hueso de caña que, entonces, llevaba todo cocido que se preciase.
Por aquel entonces, una niña que pasados los años sería mi mujer solía ir a pasar unos días, al final del verano, a un pueblo del bellísimo valle del Sil. Allí, sus tías le daban para merendar una hermosa rebanada de pan gallego calentada en la cocina bilbaína, en la que se hacía la misma operación con unas lonchas, cortadas a cuchillo, de tocino entreverado, que se colocaban sobre el pan. Las mejillas de aquella niña, tras semejante merienda, se ponían coloradas, y sus tías le decían: " ¡ahora es ... (ver texto completo)
Uno de los placeres gastronómicos que recuerdo de mi niñez es el que me proporcionaba poner punto final a un cocido saboreando un trozo de pan con el que había aplastado otro de tocino: gloria bendita, que alcanzaba proporciones colosales si, por casualidad, al binomio pan-tocino se unía un poco de tuétano del hueso de caña que, entonces, llevaba todo cocido que se preciase.
Si no eres tu quien me lleve hacia el sol,

quién me va a dar la mano;

Si no eres tu la que guíe mi caminar,

quién me va a guiar.
Si no eres tu la que goce mis virtudes,

quién las va a gozar;

Si no eres tu quien acelera mi corazón,

quién lo va a hacer.

Si no eres tú el amor de mi vida,
... (ver texto completo)
Si no eres tu quien llore mis defectos

quién los va a llorar;

Si no eres tu la que limpie mi alma,

quién la va a limpiar de mis inconcientes actos
Si no eres tu quien me lleve hacia el sol,

quién me va a dar la mano;

Si no eres tu la que guíe mi caminar,

quién me va a guiar.
Si no eres tu la que seque mis lagrimas,

quién lo va a hacer;

Si no eres tu quien amortigüe mis caídas,

quién me va a sostener
Si no eres tu quien llore mis defectos

quién los va a llorar;

Si no eres tu la que limpie mi alma,

quién la va a limpiar de mis inconcientes actos
Si no eres tu la que seque mis lagrimas,

quién lo va a hacer;

Si no eres tu quien amortigüe mis caídas,

quién me va a sostener
- El pecado más grave en la vida de un ser humano es el pecado por omisión. Y lo más doloroso es descubrir las cosas perdidas sin tener tiempo para encontrarlas y recuperarlas.
Al día siguiente regresé temprano a mi casa, luego del entierro del abuelo, para realizar en forma urgente mi propio inventario de las cosas perdidas.
Movió su cara de lado a lado, como reacción a mi respuesta errada. Me miró intensamente, como remarcando el momento y en tono grave, y firme me señaló:
- El pecado más grave en la vida de un ser humano es el pecado por omisión. Y lo más doloroso es descubrir las cosas perdidas sin tener tiempo para encontrarlas y recuperarlas.
- No lo había pensado. Supongo que matar a otros seres humanos, odiar al prójimo y desearles el mal ¿Tener malos pensamientos, tal vez?
Movió su cara de lado a lado, como reacción a mi respuesta errada. Me miró intensamente, como remarcando el momento y en tono grave, y firme me señaló:
¿Cuál es el pecado más grave en la vida de un hombre?

La pregunta me volvió a sorprender y sólo atiné a decir, con inseguridad:
- No lo había pensado. Supongo que matar a otros seres humanos, odiar al prójimo y desearles el mal ¿Tener malos pensamientos, tal vez?
¿Sabes qué he descubierto en estos días?

- ¿Qué, abuelo?

Aguardó unos segundos y no contestó, sólo me interrogó nuevamente:
¿Cuál es el pecado más grave en la vida de un hombre?

La pregunta me volvió a sorprender y sólo atiné a decir, con inseguridad:
Y luego, con cierta alegría en el rostro, continuó con entusiasmo y casi divertido:
¿Sabes qué he descubierto en estos días?

- ¿Qué, abuelo?

Aguardó unos segundos y no contestó, sólo me interrogó nuevamente:
- Este es mi inventario de cosas perdidas, la revisión de mi vida. A mí ya no me sirve. A ti sí. Te lo dejo, como regalo para que puedas hacer tu inventario a tiempo.
Y luego, con cierta alegría en el rostro, continuó con entusiasmo y casi divertido: