Mientras así daba suelta el marqués a su dolor, acertó a pasar por allí un santo ermitaño que vivía retirado en el bosque. Pidióle entonces el de Mantua que le prestara ayuda para auxiliar al moribundo caballero; pero todo fue inútil, porque éste expiró a los pocos momentos, y ambos, marqués y ermitaño, cayeron de hinojos ante el cadáver y pidieron a Dios por el descanso del alma que acaba de romper su cárcel terrena. Cuando el marqués y su acompañante, después de trasladar el cuerpo de Valdovinos ... (ver texto completo)