El buen ermitaño se esforzó por calmar con palabras de consuelo la cólera del noble anciano; y cuando éste hubo logrado sobreponerse a su dolor, preguntóle a su vez qué tierras eran aquéllas y quién era el señor de tales dominios. El santo varón, que no sabía con quién conversaba, respondió que toda la inmensa floresta que los rodeaba pertenecía al marqués de Mantua, el cual nunca se había dejado ver por aquellos contornos; y que las más cercanas viviendas eran su ermita, distante de allí más de ... (ver texto completo)