En un camino ya en desuso junto a la Vega, me encontré con un viejo y cansado carro de hierros y maderas, abandonado por su anciano dueño y sus riendas de cordobán. Estaba triste, con lágrimas en los ojos. Las llantas y el eje de sus poderosas ruedas, nacidos entre mimos en cualquier fragua de Vulcano, oxidados sin piedad por el cruel tiempo, y sin el preciado alimento de su grasa. Sus radios, hijos de la eterna encina, rendidos, desvencijados y enemistados con su circunferencia. Sus recios varales ... (ver texto completo)