No hay nada tan hermoso como las vísperas. Lo previo, lo aguardado, lo añorado durante todo un año de lucha y sacrificio, lo que promete tiene todo ese encanto mágico de los nuevos y próximos días que nos aguardan, los últimos fríos del invierno que preceden a la primavera de la espera contenida. Mientras llegan los días mejores del año cofrade, crecen las ilusiones, se diseña el tiempo por llegar en nuestras mentes, y se dilatan infinitamente las urgencias.
Antes de Semana Santa, antes del esperado y añorado día, disponen las camareras de las vírgenes mantos, blondas y encajes, limpieza de candelabros ciriales, colocación de cera y flor por en las andas, largas noches estirando las horas para que luzcan los pasos y en ellos nuestros Sagrados Titulares lo más dignamente posible en función de las características intrínsecas de cada hermandad.
Repasan las piezas de un manto con hilos de oro y plata y en el terciopelo se desdibuja la huella de la lluvia traidora que dejó una cicatriz de primavera en el último marzo o abril.
Recuentos de capuchones y capas, cirios, cetros y estandartes. En un cajón olvidados reposan ese pañuelo, esas potencias esos rosarios que han de engalanarlos al entrar en la Plaza Mayor.
Al doblar cualquier noche, cualquier esquina encuentras futuros nazarenos ultimado preparativos, los jefes de andas y directivos recorren los itinerarios en busca del dichoso cablecito, del socavón o de esa obra inoportuna. Y en un lugar de ensayo o al cobijo de las estrellas, afinamientos en Re y si bemol suenan una y otra vez, aquella marcha airosa que habrá de acompañar todo el dolor solemne de María o la salvifica estación penitencial de Jesús Nazareno.
Y de las casas salen de los baúles y arcones las túnicas y los capuchones, se les retira el alcanfor, se lavan de nuevo, se planchan y se cuelgan ritualmente en un dormitorio esperando el domingo y el martes, el viernes, las madres compran bacalao, torrijas y garbanzos con acelgas adivinando un nuevo jueves y viernes esperado.
Ya está todo dispuesto, cada cosa en su sitio. Pronto será Semana Santa, lo proclaman los pregones y lo anuncian los carteles en cada establecimiento comercial. A pesar de todo, ajetreos, prisas, nervios, enfados, trifurcas, desasosiego, torrijas, etc...
Nada hay tan hermoso como las vísperas, el pregón de las vísperas no es más que otro de los múltiples pregones anticipados que hace meses se vienen produciendo en nuestra tierra: Los cultos de las hermandades que han llenado de convocatorias las puertas de los templos, el cielo alto, la tarde larga y en ella una ráfaga perdida de olor a verdes campos. Esa verde pelusa verdeante que empieza a cubrir las ramas del árbol seco.
Desde Enero Ocaña se va llenando de pequeños, tiernos pregones anticipados, y ahora a sólo unos días del comienzo de los desfiles procesionales este anuncio que lees tendría que ser para que fuera perfecto como los anteriores, anónimo puro e impersonal expresión de unos sentimientos que entre todos compartimos.
Antes de Semana Santa, antes del esperado y añorado día, disponen las camareras de las vírgenes mantos, blondas y encajes, limpieza de candelabros ciriales, colocación de cera y flor por en las andas, largas noches estirando las horas para que luzcan los pasos y en ellos nuestros Sagrados Titulares lo más dignamente posible en función de las características intrínsecas de cada hermandad.
Repasan las piezas de un manto con hilos de oro y plata y en el terciopelo se desdibuja la huella de la lluvia traidora que dejó una cicatriz de primavera en el último marzo o abril.
Recuentos de capuchones y capas, cirios, cetros y estandartes. En un cajón olvidados reposan ese pañuelo, esas potencias esos rosarios que han de engalanarlos al entrar en la Plaza Mayor.
Al doblar cualquier noche, cualquier esquina encuentras futuros nazarenos ultimado preparativos, los jefes de andas y directivos recorren los itinerarios en busca del dichoso cablecito, del socavón o de esa obra inoportuna. Y en un lugar de ensayo o al cobijo de las estrellas, afinamientos en Re y si bemol suenan una y otra vez, aquella marcha airosa que habrá de acompañar todo el dolor solemne de María o la salvifica estación penitencial de Jesús Nazareno.
Y de las casas salen de los baúles y arcones las túnicas y los capuchones, se les retira el alcanfor, se lavan de nuevo, se planchan y se cuelgan ritualmente en un dormitorio esperando el domingo y el martes, el viernes, las madres compran bacalao, torrijas y garbanzos con acelgas adivinando un nuevo jueves y viernes esperado.
Ya está todo dispuesto, cada cosa en su sitio. Pronto será Semana Santa, lo proclaman los pregones y lo anuncian los carteles en cada establecimiento comercial. A pesar de todo, ajetreos, prisas, nervios, enfados, trifurcas, desasosiego, torrijas, etc...
Nada hay tan hermoso como las vísperas, el pregón de las vísperas no es más que otro de los múltiples pregones anticipados que hace meses se vienen produciendo en nuestra tierra: Los cultos de las hermandades que han llenado de convocatorias las puertas de los templos, el cielo alto, la tarde larga y en ella una ráfaga perdida de olor a verdes campos. Esa verde pelusa verdeante que empieza a cubrir las ramas del árbol seco.
Desde Enero Ocaña se va llenando de pequeños, tiernos pregones anticipados, y ahora a sólo unos días del comienzo de los desfiles procesionales este anuncio que lees tendría que ser para que fuera perfecto como los anteriores, anónimo puro e impersonal expresión de unos sentimientos que entre todos compartimos.