LAS VENTAS DE RETAMOSA: Esta noche he tenido una pesadilla. Soñaba que tenía...

Esta noche he tenido una pesadilla. Soñaba que tenía un cargo importante, era alcaldesa. Los ciudadanos de mi pueblo tenían que acudir a los servicios médicos de urgencia de localidades alejadas varios kilómetros de su municipio.
Tenían que llamar a la guardia civil de otro pueblo, cuando necesitaban que les socorriese alguna fuerza de seguridad.
En mi pesadilla, una casa se incendiaba, y algún vecino tuvo que salir a la cabina de la plaza del pueblo, para llamar al cuerpo de bomberos, residente en un municipio lejano, aun así era el más cercano al lugar.
Llamaba desde una cabina, a varios cientos de metros de su casa, ya que Telefónica no le instaló la línea que solicitó ese vecino, varios años atrás.
En el tumulto, y con la confusión del incendio, unos niños, hijos de temporeros, que vivían en la calle, lloraban, despertando a una anciana que vivía cerca de la escena de los hechos, asmática y con problemas de corazón, sobresaltada y ahogada por el humo, intentó llamar a alguien que le ayudase, pero con el drama en la calle, nadie la escuchó. Lástima, murió media hora después, a causa de un infarto. Tal vez aquel equipo de teleasistencia, que solicitó junto a la línea telefónica, que Telefónica no le instaló, hubiesen salvado aquella vida.
De repente, tras el caos, me dirijo al Ayuntamiento, para reunir a mis concejales, el de seguridad estaba en otra provincia, ya que prefería vivir en un lugar más civilizado, sin importarle cobrar sus honorarios, de los impuestos de unos vecinos del municipio tercermundista.
El de urbanismo estaba metiendo prisa a unos constructores, para que no se retrasaran en la entrega de una vivienda, y es que a punto de estallar la burbuja, y a 6.000 euros por licencia de vivienda concedida, el tiempo es, más que nunca, oro, y su manifestación, la venta del ladrillo a precio de lingote.
Una de las mujeres de “ventanilla” del ayuntamiento, llamaba al colegio de alguno de sus hijos, para preguntar que libros de texto tenía que comprar (por supuesto en horas de trabajo, desde el teléfono del ayuntamiento que pagan todos los ciudadanos, y desatendiendo la cola de las personas que se quejaban de lo ocurrido la noche anterior).
Otra de las mujeres de ventanilla del ayuntamiento, atendía a un vecino, diciéndole que eso no era competencia suya, que la chica que llevaba esos asuntos estaba de vacaciones.
Se me caía la cara de vergüenza, unos ciudadanos que pagaban impuestos en su localidad, para que los servicios se los aportasen otros municipios.
Una empresa como Telefónica toreando a mis vecinos, sin yo denunciar la situación en todos los foros posibles, y con todos los medios existentes a mi alcance.
Un grupo de gobierno preocupado en sus intereses, y no en los de su pueblo, como es su obligación…
Para colmo, el panadero ese domingo, 8 de octubre de 2.006, volvía a encender su horno con combustibles tóxicos, como encimeras y muebles de cocina, todo ello a las 11:00 de la mañana, entre la misa de las 10:30 y las 11:30, donde los ciudadanos de bien, escuchaban el sermón, pero al salir de la iglesia, el humo no les afectaba.
Tal vez su fe les custodie para bien su salud. Tal vez mañana lunes, cuando sus hijos y nietos estén en la guardería Aladín, a 10 metros del humo, su bautizo les salve de severas enfermedades respiratorias. Seguro que los pulmones del creyente, perdonan el humo del horno del panadero. Así como el infierno, hornea el pan del cobarde, con las brasas vivas, que unos padres consienten encendidas.
Por suerte desperté. Palpé las sábanas, me incorporé con sobresalto, y di gracias a Dios por cambiarme de casa a tiempo. De camino a la ducha, me di cuenta, que no sólo tenía que agradecerle a Dios, darme sabiduría y prudencia, al cambiarme de municipio, sino también, tenía que agradecerle haberme alejado de la alcaldía, y es que la vida, vivienda y residencia, así como la salud, seguridad y comunicación de los ciudadanos de cualquier pueblo, merecen un respeto, una eficacia, y un compromiso, que como en mi sueño, no todos estamos capacitados ni llamados a conseguir.

Que suerte, que la alcaldesa de día, sabe cerrar los ojos, y así no tener pesadillas de noche.