Este mes de agosto fui a recorrer el camino de Arévalo como se hacía antiguamente, unas veces se hacía andando, otras en burro en carro o como mucho en bicicleta. En esta ocasión, tuve la suerte de hacerlo en un vehículo de cuatro ruedas adaptado especialmente para andar por caminos. El día anterior había descargado una tormenta y la tierra de esta vega empapada de agua se pegaba a las ruedas, como lo hacía al aro de hierro que los carros antiguos tenían sobre las ruedas. En ese momento me acorde ... (ver texto completo)