El caso es que los colores eran irisados, deslumbradores, centelleantes, como el color de una sonrisa o el color de un bonito recuerdo.
Cada una tenía un color diferente: rojo, amarillo, naranja, morado...
Pero de pronto, un buen día, empezaron a nacer unas cebollas muy especiales.
Como todos los huertos, tenia mucha frescura y agrado, por eso daba gusto sentarse a la sombra de cualquier árbol a contemplar todo aquel verdor y a escuchar el canto de los pájaros.