Es casi una pequeña villa, próspera y de mucho abolengo y leyendas. Tiene buenas casonas y un bosque de castaños mastodónticos -el Castañéu- donde se celebra desde hace siglos una de las ferias de ganado más famosas del Norte.
Para quienes no temen una buena caminata, la mejor manera de acercarse a Covadonga es dejar el coche en el pueblo de Corao, a unos diez kilómetros al pie de los montes que esconden la cueva.
O que si han cambiado por la mano del hombre, lo han hecho para bien: es el caso del paisaje algo fantasmagórico de las antiguas minas de Buferrera, a las que se llega tras un paseíto desde el aparcamiento cercano ya a los lagos.
Pero sigue siendo buena idea acercarse al santuario: a muy poca distancia de los autocares y los puestos de recuerdos píos pueden darse paseos y triscar por bosques y montes que no han cambiado mucho desde que Pelayo y los suyos empezaron a armarla por allá hace ya más de mil años.
Hay quien viene, ve y se marcha en Covadonga; quien sube a los lagos, mira por la ventanilla, da un corto paseo alrededor del aparcamiento y vuelve a bajar. Y cuando caen las grandes nevadas se corta el acceso hasta la cumbre para todos.
Menos para los montañeros.
Hay quien viene, ve y se marcha en Covadonga; quien sube a los lagos, mira por la ventanilla, da un corto paseo alrededor del aparcamiento y vuelve a bajar. Y cuando caen las grandes nevadas se corta el acceso hasta la cumbre para todos.
Triscando por el monte
En realidad, el tráfico era tan espeso y los atascos a más de mil metros tan temibles que hace ya años que en verano se restringe el acceso -con buen sentido- a los coches particulares.
Yo que suelo marearme, cuando llegué arriba del todo estaba malísima.
En realidad, el tráfico era tan espeso y los atascos a más de mil metros tan temibles que hace ya años que en verano se restringe el acceso -con buen sentido- a los coches particulares.
Del santuario arranca la carretera que entre vueltas y revueltas sube hasta los lagos Enol y Ercina, punto caliente del parque nacional.
Los romeros de rodillas se han visto sucedidos hoy por los turistas, los ciclistas de la Vuelta a España y los montañeros que ven en Covadonga la puerta más accesible y conocida hacia los Picos de Europa.
Todavía los más viejos de los alrededores recuerdan a los peregrinos que subían de rodillas el último tramo hasta la cueva, y la Santina inspira aún una especie de afecto general y casi filial en Asturias que se remonta a lo mejor a la época en que allá se adoraba a alguna divinidad maternal y fecunda: cambian los nombres y las advocaciones, pero permanecen la sensación de protección y los lazos que conforman eso tan móvil y resbaladizo que se llama una identidad colectiva y es casi otro ser mitológico.
Y sin embargo, hay acuerdo general a la hora de considerar Covadonga como su corazón simbólico y mítico: su historia empieza antes de los romanos, y la cueva era ya un centro de culto y referencia antes de la cristianización: un lugar que por muchas razones lleva miles de años atrayendo a la gente.
Asturiasno es tierra de grandes devociones o alardes de piedad colectiva: no tiene semanas santas a la castellana ni ostentaciones de fe a la andaluza. La geografía y la historia han diseminado por las aldeas y los valles perdidos muchas capillas diminutas, pero pocas iglesias imponentes, de campanarios visibles a kilómetros.
Pocos se atreven a darse un chapuzón en el frío Pozo del Alemán, junto a la basílica de Covadonga