Ni el abad ni el siervo pensaban aún en belenismos de ninguna clase.
Allá por el medievo, mientras el abad presidía en Navidad las solemnidades liturgicas del monasterio, el campesino se contentaba con un condumio sencillo, algo más notable que otros días: alguna gallofa, castañas asadas, requesón y vino. …Y canciones, muchas canciones, que esas salían gratis.
Hasta hace casi mil años, cada individuo conmemoraba a su forma y según sus posibilidades la buena nueva del nacimiento del Salvador.
Pero, contrariamente a lo que piensa la generalidad de las gentes, la popularización del Nacimiento o Belén, no ocurrió ya en los primeros tiempos del cristianismo.
Y tal impacto ha repercutido de forma directa en todos los ámbitos: la gastronomía, la fiesta, las canciones, las ceremonias …y el arte.
El nacimiento de Jesús, en Belén, es uno de esos temas emblemáticos que más ha impresionado en la mente del hombre cristiano de todas las épocas.
Hoy, en el siglo XXI, el Belén es universal... pero repasemos un poco otros aspectos del Nacimiento de Jesús.
Cada país fue incorporando sus peculiaridades étnicas o paisajísticas, e incluso tecnológicas. Así, por ejemplo, se cuanta que en el XVIII en Marsella se hacían curiosos belenes articulados...
El arte del Belén se propagó por todo el mundo. En Europa hay zonas de gran tradición como el Tirol, Baviera, Alsacia, la Provenza y sobre todo los distintos territorios de España e Italia.
Entre los belenes artísticos hay que citar a los que antaño realizaron artistas barrocos como Luisa Roldan, la mayor escultora española de todos los tiempos, o como Francisco Salzillo, quienes pusieron en sus figuras un celebrado vistuosismo, para glorificar a la Natividad. Otros famosos con producción belenista fueron los valencianos Gines y Esteve.
Surgieron así dos tipos de belenes: los cultos, amados por los Reyes y altos dignatarios eclesiásticos, encargados a artistas célebres o menos famosos, y los sencillos, elaborados por los campesinos, que creaban un escenario similar al que contemplaban sus ojos, con gentes ataviadas con vestiduras como las suyas y un portal poblado de sus mismos animales domésticos.
Los propios frailes hispanos aprovecharon este sistema iconográfico para enseñar a los naturales del otro lado del Atlántico el misterio de la Navidad.
La costumbre pasó de Italia a Francia y España, donde tuvo un gran desarrollo, que se amplificó con la llegada de los españoles a América.
Carlos III, monarca de Nápoles y más tarde de España, fue tal vez el mayor impulsor del arte belenista, y empleó a grandes artistas para hacer piezas preciosistas de tamaños pequeños, al estilo de la cerámica de Capodimonte.
Pronto, sobre todo en Italia, empezó a llegar la moda a las casas populares. Entonces, en la humildad del hogar, nació un arte que utilizó sencillas piezas de barro, paja o madera para construir sencillos belenes, de un carácter ingenuista, más creativo en lo que se refiere a los materiales que a los personajes.