El maestro debe ser un caminante más, alguien que repite trayecto, que nos acompaña y que nos da buenos consejos apoyados en su experiencia.
Para este viaje sólo necesitamos una mochila ligera pero bien abastecida para disfrutar del camino, desafiar las inclemencias y crecer con las conversaciones.
Pero la decisión sobre qué camino tomar frente a una bifurcación es una opción solitaria, formada en un criterio que se ha de pulir en la experiencia. Porque la Red también tiene sus semáforos, sus aceras, sus postas, sus cruces de carretera, sus trashumantes y sus bandoleros.
Con algunos sólo hacemos una parte del trayecto, con otros caminaremos toda la vida. A gran parte de ellos les vemos en los albergues, esas esferas colectivas donde intercambiar impresiones y remedios.
Ante nuestros teclados, la puerta a un viaje iniciático que hay que aprender a andar solos, sabiendo escoger buenas compañías. Por el camino, otros peregrinos con los que cruzar palabras, reflexiones, risas y lamentos.
Todos transitamos por estos caminos. Porque todos somos peregrinos digitales, ya sea con más o menos rutas en el tacógrafo.
Hay turistas, hay viajantes, hay mercaderes y hay paseantes. Unos se detienen a admirar el paisaje y deciden cambiar de ruta según sus intuiciones. Otros van en puente aéreo y no ven más que nubes.
Las etiquetas, los agregadores, los blogs, los wikis, etc. son muescas en el camino. De nosotros depende contribuir en nuestro recorrido con sólidas piedras o con efímeras migas de pan.
Está asfaltado con nuevos lenguajes y texturas, pero sus rutas no aparecen en los GPS. Cada uno de nosotros hemos de diseñar nuestro recorrido y apoyarnos en las indicaciones de quienes ya pasaron por allí.
Internet nos propone nuevos caminos por los que transitar en nuestro devenir por el mundo.
En definitiva, algo tan simple como aprender a ser ciudadanos críticos y a participar de la vida pública de forma activa. Y eso pasa por todos los medios a nuestro alcance para comunicarnos, socializar y aprender colaborativamente, ya sea el pergamino, el megáfono, el vídeo o el wiki.
Hoy más que nunca es necesario ese ejercicio de alfabetización digital o literacidad crítica: entrenar el pensamiento crítico para deconstruir los mensajes de los órganos de poder y contestar socialmente desde la construcción de nuestros propios discursos.
Cuando aún estábamos intentando explicar a padres, niños, jóvenes y maestros que la televisión es una construcción de la realidad, que el dibujo de una pipa no es una pipa, internet irrumpió en nuestras vidas. Y llegó para quedarse y madurar con nosotros.
No se puede pasar de enseñar a aprender sin cuestionar sus propios fundamentos de una manera crítica.
No sólo “mis lectores saben más que yo”, o mis electores, o mis clientes, sino que también “mis alumnos” tienen mucho que decir y contradecir. Este cambio de enfoque sobre las formas de aprender y socializar plantea retos difíciles de asumir por la Educación como institución moderna.