Echáronse sobre ellas, y tal destrozo hicieron, que el cielo dio licencia a los lobos para devorar algunas reses. ¿Qué hicieron los lobos? Acabar con todas ellas, y si no acabaron, esa era su intención.
Para corregir ese defecto del trigo, permitió Dios a los carneros que cercenasen la exuberancia de las mieses pródigas.
El trigo, rico don de la rubia Ceres, si crece demasiado espeso y lozano, esquilma la tierra y no grana bien. Lo mismo pasa a los árboles.
Nadie procede con la debida moderación: en todas las cosas hay que guardar ciertamente temperamento. ¿Lo hacemos así? No: siempre pecamos por carta de más o por carta de menos.
Nada con exceso
(1) Empedocles, no pudiendo comprender las maravillas del Etna, se echó dentro del volcán, y para que la posteridad no ignorase aquel arrojo, dejó las sandalias al pie de la montaña.
Todo es distinto en el mundo: sácate de la cabeza, amigo lector, que los demás seres sean de la misma pasta que tú: el Empedocles de cera se fundió en las brazas; tan loco fue como el otro.
Uno de estos, viendo que la tierra, convertida n ladrillo por la acción del fuego, resistía las injurias del tiempo, quiso lograr aquel privilegio, y como nuevo Empedocles (1) condenado al fuego por su insensatez, lanzase al horno.
Cuando les robaron, la ambrosía que guardaban esas hijas del cielo en las celdas de su palacio, o para hablar claro, cuando a los panales, desprovistos de miel, sólo les quedo la cera, comenzó la fabricación de los cirios.
Las abejas provienen de la mansión de los Dioses. Las primeras se instalaron según cuentas, en el monte Himeto, y se saciaron allí de los dulcísimos tesoros que engendra el soplo de los céfiros.
El cirio
En la película se ven perfectamente la abadía y varios castillos que hay en el viaje.
Ese recorrido que nosotros hicimos era parte del que hizo Sissí, cuando fué a Viena para casarse con Francisco José.
Es un sitio precioso. La biblioteca es enorme. Los paisajes alucinantes y más encima que llegamos en barco por el Danubio.
Umberto Eco llamó a uno de los protagonistas de su famosa novela El nombre de la rosa Adso de Melk, como tributo a la abadía y a su famosa biblioteca.