El uso funerario del
castillo de la
piedra bermeja llegó en 1834, en plena epidemia del cólera, ante la imposibilidad de seguir utilizando los pequeños camposantos parroquiales. A lo largo del tiempo fue creciendo y, en 1881, se amplió sobre la llamada
huerta del Arriero, configurándose en dos recintos diferenciados: el
cementerio de "arriba" en el interior del castillo y el cementerio de "abajo".